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Domingo , 21.10.2018 / 23:56 Hoy

Entre tangos y vino tinto

Cuando la vida te reencuentra con tu maestro y le ofrendas “Bigotes eternos”

Magda Bárcenas Castro

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“No existen las coincidencias, nosotros caminamos cada día hacia lugares y personas que nos esperan desde siempre”, esta es una frase que leí hace algunos días y creo que nunca pensé encontrarle un significado tan rápido. Era de madrugada, el sonido de mi celular me despertó y encontré un mensaje en mis redes sociales: - Fui discípulo del Conde (Alberto Laiseca) en 2014 y me encantaría poder regalarle un libro ¿Me podrías ayudar? Si estás en Buenos Aires también sería un placer conocerte y regalarte un “Bombas y cuellos”. De nuevo mi mentor, el escritor con la novela más larga de la historia argentina me llevaba a conocer a otras personas que como yo aman escribir, así que no dudé y quedamos de vernos al siguiente día. El reencuentro me emocionaba. Su voz del otro lado del teléfono se notaba con una sonrisa, esas cosas son imposibles de ocultar. Mi padre solía decir que en la vida hay que ser de todo menos mal agradecido y encontrar a otro alumno de mi mentor que quería volver a abrazarlo y agradecerle sus enseñanzas me pareció fantástico. Al otro día nos vimos frente al Teatro Colón y caminamos juntos hacia el subte para llevarlos hasta “La Guarida del Monstruo”. La afinidad literaria y la sensación de buena onda fue casi inmediata; durante el trayecto platicamos de su viaje por Rusia y por la India donde su “Biblia” fue la novela “Los Sorias” y en donde según sus palabras vivió una vida dentro de otra. El protocolo para ver al Conde: cervezas y cigarrillos para empezar inspirados la tarde. Dicen que hay personas que marcan nuestra vida y que por más que transcurra el tiempo lo que nos enseñaron nunca desaparece, y para el escritor Sebastián Salas era importante reencontrarse con Laiseca para mostrarle su primer libro que publicó después del taller de escritura que tomó con él, pero además para mostrarle el cómo lo inmortalizó. De pronto mi amigo se subió la manga de la camisa y le mostró a nuestro profesor su tatuaje: un bigote. Alberto Laiseca, el escritor…por primera vez se quedó sin palabras. Su bigote, lo que lo caracterizó desde siempre ahora estaba tatuado en el brazo de su discípulo y no podía creer lo que veía. Su sonrisa era constante, su cigarro se terminaba y su cerveza iba a la mitad junto con una charla que parecía interminable. Adoro esos momentos en los que los recuerdos, las alegrías, las risas y las cosas en común nos acercan, en donde las palabras llegan en el momento justo y en donde las personas llegan cuando tienen que llegar, como Florencia Espinosa que sin conocernos nos detuvo en el subte para por fin publicar.

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