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Martes , 11.12.2018 / 08:10 Hoy

Entre tangos y vino tinto

Por aquellos profesores que nos enseñaron y alentaron a tener una vocación y no un diez

Magda Bárcenas Castro

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Hoy leí una frase que me dejó reflexionando acerca de lo primordial en la vida estudiantil: “Aprobar no es lo mismo que aprender”. Al parecer esta “moda” no ha terminado y quiero llamarla de algún modo sin el afán de criticar ni a la escuela pública ni a los profesores y mucho menos al esfuerzo de quienes estudian para ser mejores; sino a todos aquellos que fueron parte del sistema y que en vez de preocuparse por aprender se mataban por aprobar con la calificación más alta. Vivimos en la era de la competencia, en donde hasta en la escuela a algunos les inculcan que el diez es el más poderoso de todos pero, ¿qué hay del aprendizaje? Esa semilla que se fomenta y se alienta de pequeños con la esperanza de que germine no sólo en el puesto soñado sino en un futuro que realmente hayamos creado. Trabajo no es lo mismo que vocación. A quien me lo pregunta siempre se lo recalco porque gracias a mi vocación nunca he sabido lo que es trabajar, siempre he hecho lo que amo. La fórmula para disfrutar de la vida es no trabajar nunca; quien realiza lo que no disfruta por dinero está encadenado al trabajo de por vida y eso a la larga trae muchas frustraciones y sobre todo cansancio físico y mental. El niño que aprueba no aprende, y se convertirá en un trabajador más. Aún recuerdo a mi padre decirme: “Sé que no te gustan las matemáticas pero son parte de tu educación y debes estudiarlas y hacerle caso a tu profesor, …no te pido un diez, te pido que te esfuerces por aprender”. Esa misma semana de exámenes lo recuerdo pidiéndome que me fuera a sentar a lado suyo mientras leía y decirme: “Sacaste seis en matemáticas, sé que no te gustan y no te voy a regañar porque cumpliste lo que te dije y pasaste, pero sé que adoras escribir, si no sacas diez en español…te voy a castigar” En ese momento no lo entendí, de hecho recuerdo haberme enojado y darle vueltas a mi cabeza porque no me decía nada por un seis y me castigaba por una calificación más alta. Años después me di cuenta que mi padre vio mi amor por las letras desde que era pequeña y se ocupó de pulir mi vocación. Gracias a mi padre nunca he trabajado en algo que no me gusta. Fui la niña que aprobó las materias que no le gustaban pero que aprendió que debía pulir lo que hoy sé que es mi vocación. Los diez más importantes son los que obtenemos con el aprendizaje diario no con la memoria, esos con el tiempo se nos van a olvidar. Gracias a todos esos docentes que en su momento también vieron algo en ustedes y quizá los ayudaron con un punto más para aprobar, pues gracias a ellos ustedes tienen una hermosa vocación y no un diez.

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