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Entre tangos y vino tinto

Cumpliendo la última voluntad de Alberto Laiseca, quien ahora descansa en el Carapachay

Magda Bárcenas Castro

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A las nueve de la mañana tomamos el tren rumbo a Tigre y después una embarcación que nos llevaría cuarenta minutos río adentro. La mañana inició clara, después de varios días de tormenta que no habían podido dar tregua. Se cumplió la hora y fecha de la promesa que te hicimos en vida: liberar tus cenizas tras tu partida. Hoy más allá de vivir un día triste, fue un momento muy emotivo en donde estuvieron presentes los recuerdos, las charlas, las risas, los consejos y las lecciones vividas. Tu familia y discípulos nos reunimos sólo para llevar a cabo ese mágico plan en el que pedías descansar entre las aguas del carapachay; en medio de la calma, la brisa y la belleza de la naturaleza. Nos uniste hoy y lo seguirás haciendo. Lo hiciste en vida y ahora desde lo eterno. Te imagino sonriendo.

Tu voluntad, aquellas palabras que desde entonces nos acompañaron hasta el día de ayer que fue tu cumpleaños. Hace un año festejamos en una parrilla, tomamos whisky y reímos sin parar. ¿Recuerdas? ¡Qué rápido pasa el tiempo! ¿Por qué todo tenía que cambiar? Pero a pesar de la distancia, de lo terrenal a lo espiritual debo decir que hoy me sentí más cerca de ti al tomar tus cenizas y esparcirlas en donde tú querías. A veces una promesa traspasa la realidad, el afecto, el amor, la confianza y el respeto, y esta tarde fue un ejemplo tras cumplir al pie de la letra tus deseos.

Más o menos después del ochocientos desembarcamos en una escuela pública, y ahí con el viento de testigo esparcimos tus cenizas al río. Alberto Laiseca ya eres libre, ya vuelas y sonríes. ¡Hasta siempre… hasta pronto! Aún me parece verte leyendo, escuchando nuestras historias, compartiendo un mezcal. Prometo no olvidarte jamás.

Querido mentor, quizá esta columna es una prueba más de lo que para mí es llorar en tinta, de lo increíble que fue este viaje, de lo maravilloso que fue conocerte y poder acompañarte hasta el final. Hoy te mimetizaste con los aplausos, con la idea de que no estás en un solo lugar si no como tu obra literaria que está en todos lados. Tu familia, tus alumnos, tus admiradores, tus fieles lectores, tus hijos escritores, aquellos que nos seguiremos reuniendo cada determinado tiempo para continuar con tu legado. Hoy me siento más tranquila pero no tan libre como ahora tú lo estás, con el alma palpitando por siempre entre las olas del carapachay. Hoy te despedimos juntos como hermanos, hoy estamos en paz y regresamos con la certeza de lo bien que escribiste el capítulo final, el mejor que un escritor nos pudo dar.

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