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Martes , 16.10.2018 / 17:08 Hoy

Entre ciudadanos

El deporte y el espíritu olímpico

Ma. del Carmen Platas Pacheco

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En la antigua Grecia, cuna de la cita cuatrienal, se convocaba a los hombres más fuertes y bellos a reunirse a los pies del Monte Olimpo, con la alegría, el genuino afán de competencia y el sentido religioso y espiritual que marcaba para siempre sus vidas en torno del deporte, mostrando a todos los habitantes de la Hélade su valor, destreza y fuerza al realizar diversos ejercicios; el premio era la corona de laurel sobre su frente como muestra del reconocimiento al esfuerzo realizado.

Los Juegos Olímpicos nacieron del ingenio griego como una forma de competir sin destruir, de reconocer y admirarse del talento de los mejores. A los participantes les motivaba el deseo de reconocimiento como ejemplo de vencimiento personal: más alto, más fuerte y más lejos se convirtieron en los objetivos implícitos en los logros de los atletas.

Ser atleta olímpico suponía el reconocimiento comunitario de quienes se preparan para alcanzar la victoria, la gloria y el honor que se extendía a los habitantes de la ciudad de donde provenían. Llegado el día, sus paisanos los despedían con gran entusiasmo y los esperaban de regreso con los mejores deseos de triunfo y las coronas de laurel adornando sus cabezas; así, la gloria olímpica no suponía el sometimiento y destrucción del otro, como ocurre en la guerra, sino distinguir la grandeza de quienes se probaron a sí mismos frente a los mejores y resultaron vencedores; la nobleza y el honor eran valores sociales que inspiraban un genuino sentido de orgullo y pertenencia.

A más de 2500 años de distancia, mucho de estas motivaciones y valores se han olvidado o perdido al hacer del deporte y sus atletas mercaderías de espectáculo, objetos de consumo desechables. En los hechos se pretende negar que el deporte es un tipo de actividad tan necesaria como exigente y difícil; ayer como ahora la preparación física y psicológica no garantizan el triunfo al que todos los competidores aspiran con pasión y ambición, el atleta debe vencer para convencer que es el mejor, y este objetivo solo lo alcanzan quienes ante la vista de todos, logran imponerse de manera limpia, alcanzando ese instante de gloria y felicidad que marca sus vidas para siempre.

Los atletas que asisten a las olimpiadas son los mejores de cada país o comunidad, y merecen respeto y consideración por su esfuerzo y dedicación. Más allá del resultado, ofenderlos por la falta de triunfos no solo es lesionar su dignidad como personas, además, es expresión de desprecio a la comunidad de donde provienen, en definitiva, es negar los valores de armonía, competencia y paz que inspiraron el sueño olímpico.

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