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Jueves , 20.09.2018 / 20:25 Hoy

Para Reflexionar

¿Diálogo?

Luis Rey Delgado García

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No podemos no comunicar, siempre comunicamos, al hablar, escribir, hacer gestos, sentarse, pararse, mover las manos, etc. Todos hablamos, a menudo mucho. Pero hablar no basta para dialogar. Comunicar no es lo mismo que dialogar.


El diálogo es más un arte basado en que las partes traten de concertar, tratar en común las diferencias que les distancian, para comprenderlas y trabajarlas con el fin de descubrir las semejanzas que les acercan. Supone un acercamiento de posiciones. Ponerse en el lugar del otro y tratar de entender su postura sin olvidar la nuestra.


El diálogo, si es bueno, ha de acabar en un entendimiento entre las partes que conduzca a una aceptación de las diferencias y, en el mejor de los casos, a un acuerdo. 


 Dialogar de forma constructiva, requiere aprendizaje, práctica y tesón. Con esfuerzo podemos llegar a ser buenos dialogantes. 


Lo primero es ser conscientes de uno mismo, autoconocimiento. 


Para defender nuestra posición tenemos que tener claro qué es lo que pensamos y sentimos y por qué queremos aquello que pretendemos conseguir. Parece obvio, pero sin una adecuada valoración podemos lanzamos al diálogo sin tener claro lo que queremos y nos perderemos en detalles, defendiendo posiciones irreconciliables que, en el fondo, no son tan importantes. Lo segundo será ponernos en la situación del otro. Reconocer desde qué experiencia nos habla. Entender su postura, el porqué de sus argumentos, el origen de sus sentimientos, el alcance que las diferentes soluciones supondrán para el otro y para nosotros. Habrá que evitar tener una visión negativa del otro que nos ayudará a acercar posiciones. Poca gente desea el mal ajeno y a casi nadie le divierte discutir por discutir. No pocas veces una situación aparentemente irreconciliable puede ser salvada con un poco de entendimiento.


Y por fin una vez en el diálogo. Es imprescindible una verdadera voluntad de dialogar vaciándonos, dejando espacio para el otro. Dejar momentáneamente de lado nuestros argumentos, posiciones, emociones e intransigencias para escuchar con atención sus razones mientras habla, en vez de hacer planes para rebatirlo. La madurez que se requiere es despojarnos de reproches y emociones del pasado; tener clara nuestra propia realidad, qué es lo que realmente queremos y pretendemos conseguir con este diálogo; razonar los argumentos que lo soportan con los motivos reales y emocionales Y escuchar, permitiendo que las bondades y las verdades del otro tiñan las propias convicciones. Cualquier otra cosa no será diálogo.



luisrey1@prodigy.net.mx

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