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Columna de Pablo Ayala Enriquez

Taxis, aeropuerto y estafa

Pablo Ayala Enríquez

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Domingo, cerca de las diez de la noche. El avión viene repleto y puedes suponer que lo mismo sucede con todos los vuelos que aterrizan a esas horas. Lo que no te esperas es que tardarás otro buen rato en llegar a tu destino final, tu casa o el hotel. No hay taxis.

No es cuestión de lluvia, ni de embotellamientos o bloqueos. El cielo está despejado, igual que las calles. Solo incomoda el calor y la lentitud de la fila que avanza de vez en vez, cuando se hace el milagro de que llegue alguno de los taxis de la empresa que ciegamente elegiste.

Tu turno, por fin. Te abren la puerta del asiento trasero. Una vez sentado, te pregunta el chofer: “...si no le importa, jefe, ¿podríamos llevar a otro pasajero que va por su rumbo? Por supuesto que lo dejaría primero a usted”.

Aceptas porque alcanzaste a mirar de reojo las gotas de sudor en las caras de quienes esperaban. “Sí, claro”.

Llega otra persona y ocupa el asiento delantero. Buenas tardes. “¿Usted cuánto pagó?”, empiezas. “Casi 400”, te contesta. “Yo, lo mismo”, replicas. “Pues estamos pagando casi 800 por un solo viaje”, suma. Y el chofer, temiendo tal vez un motín a bordo, se apresura a decir: “Yo solo soy un empleado”. “No es contra usted, oiga, pero ¿por qué no hay vehículos?”, vuelves. “No lo sé, así pasa a veces los domingos, pero es en todas las compañías. Yo los comprendo a ustedes, créanme”.

Claro que de compartir el costo del pasaje no habla el amable chofer ni nadie de la compañía. Se completa la estafa en tres actos:

Primero, no puedes tomar otro taxi si no pertenece a una de esas compañías. Cualquier otra, te arriesgas a que te bajen.

Segundo, tienes que pagar dentro de la terminal y escoger ahí entre las empresas, sin saber siquiera si hay autos o cuántos hay disponibles de cada una de ellas.

Tercero, una vez que comparten el auto dos o más usuarios que pagaron el viaje completo, ni siquiera son capaces de ofrecer un boleto para que te den el siguiente viaje a mitad de precio. Claro que para eso sí les falta imaginación.

luis.petersen@milenio.com

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