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Columna de Pablo Ayala Enriquez

Reforma educativa: empezar de nuevo

Pablo Ayala Enríquez

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Se puede suponer que todos los mexicanos buscamos una mejor educación para nuestros hijos. En lo que no hemos coincidido es en qué significa esta mejora ni cuál sea el camino que más nos acerque. Creo que ni siquiera estamos de acuerdo en el diagnóstico, en las razones por las que necesitamos mejorar.

En la reforma de Peña Nieto existió el contenido educativo, pero fue tardío, pobre y reduccionista. Los síntomas y los datos para el diagnóstico inicial fueron provistos por las evaluaciones de alumnos, especialmente por las pruebas PISA de la OCDE que se fueron colando, hay que decirlo, como la visión predominante desde fines de siglo.

En esas pruebas, los mexicanos quinceañeros han aparecido literalmente en la cola en cuanto a su capacidad de comprender lo que leen, de pensar matemáticamente y de plantear y resolver problemas científicos.

La culpa fue recayendo en los docentes desde el principio: nuestros niños no lograban mejores resultados porque no tenían mejores maestros. Otros factores como la infraestructura, los contenidos, los programas, los métodos, los libros, la tecnología, la distribución de recursos y la situación de los maestros no eran tan importantes.

En la misma línea de la reforma de Peña Nieto y Nuño había caminado antes la Alianza para la Calidad de la Educación, en tiempos de Calderón, lanzada el 15 de mayo de 2008 bajo el liderazgo de la entonces secretaria de Educación, Josefina Vázquez Mota. Incluyó una crítica a la formación de los maestros, exámenes de oposición y, en un primer momento, el silencio de Elba Esther Gordillo. Después el silencio se volvió un grito.

Quedó en una alianza contra los maestros, que se confirmó después con la reforma laboral, política y pobremente educativa de Peña: aprender a aprender.

La nueva reforma, sin duda, tendrá que desandar lo andado y volver a diagnosticar los males de nuestra educación, que sí existen, con una perspectiva más incluyente y reflexiva.

¿Cómo puede un maestro desanimado, controlado, empobrecido y sin legitimidad enseñar a sus alumnos un camino de curiosidad, de solución imaginativa de su vida y de conocimiento de sí mismos para llegar a decisiones satisfactorias? De veras, empezar de nuevo.

luis.petersen@milenio.com



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