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Miércoles , 18.07.2018 / 05:45 Hoy

Tribuna futbolera

El Santos se derrotó a sí mismo

Luis Miguel Rodríguez Cruz

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Es innegable que el Santos no fue el Santos. Su medio campo fue, y eso sí es novedad, improductivo.

Salieron al campo con una especie de pasividad adormecedora, como tanteando a un rival que traía etiqueta de desahuciado. El Santos lo consintió demasiado y eso trajo un efecto inmediato; Atlas fue creciendo poco a poco y se dio cuenta que el líder general andaba de vacaciones en Guadalajara. Eso fue un mensaje contundente para el local, porque el Santos le dijo en mensaje cifrado: “vengo de buenas y sin ganas de pleito”. La consecuencia fue demoledora: 3 – 0 al minuto 60. Nadie lo podía creer.

Y es que cada vez que Atlas se vio arriba en el marcador fue mejorando; cada gol fue un impulso cargado de motivación extrema al saber que estaban tumbando al líder que no oponía resistencia. Digamos que Atlas se encontró (ligado a los errores defensivos del Santos) con una noche de gloria. Y al Santos… pues al Santos lo abandonó esa suerte de campeón que parecía también estaba ligada al equipo.

Le cayó la desgracia en paquete: primero la lesión de Araujo entre semana y antier la mala noche de Izquierdoz aunada a la expulsión (torpe expulsión) de Osvaldo Martínez. Al minuto 60 ya era una tortura para el Santista estar viendo el partido.

Pero los que ingresaron no estaban contagiados por ese estado de somnolencia casi generalizado del equipo: tanto Edwuin Cetre como Djaniny revolucionaron al equipo. En menos de dos minutos Furch acortaba distancias gracias a su implacable presencia y aporte, apoyado por el escurridizo Cetre y la clase de Djaniny. Dos goles que desestabilizaron al Atlas y terminó viendo cómo en la recta final el líder se acordaba que sabía jugar al futbol y que nadie juega como ellos. Tras quedarse con diez, el Santos jugó mejor ¿por qué? Pues porque tuvieron qué correr más.

La derrota escuece porque, más allá de la interesante reacción, lo que no se puede perdonar es la pasividad durante más de 50 minutos. Hay que quejarse de lo que se dejó de hacer, no de lo que hizo el Atlas. El Santos no fue el Santos y terminó derrotándose a sí mismo. A veces hacen falta derrotas así, porque obligan a replantearse cosas. No es para encender alarmas, pero uno nunca debe renunciar a su esencia.

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