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Martes , 16.10.2018 / 05:40 Hoy

El camaleón peripatético

Vivir durante la Ilustración

Luis Miguel Aguilar Camín

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Te recuerdo que tenemos aquí un clipping —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—: el artículo de Román Revueltas (MILENIO, 27/8/15) titulado "Moríamos como moscas". Se refiere al mito del buen salvaje como habitante de un universo idílico contra el hecho de que los individuos de la especie humana vivimos hoy más tiempo que nunca antes. "Los primitivos", dice Revueltas, "raramente alcanzaban la cuarentena y morían como moscas, diezmados por la malnutrición y los ataques de los guerreros de la tribu de enfrente... Con ojear el Antiguo Testamento basta para que se te pongan los pelos de punta de tanta atrocidad, tanta sangre y tanta violencia. Ah, y no había anestesia para mitigar los espantosos dolores de los huesos rotos, las caídas, las quemaduras, las amputaciones y los destripamientos en batalla. No había antibióticos ni vacunas. A los treinta años ya no tenías dientes y si nacías corto de vista jamás llegabas ni a distinguir por dónde caminabas". Concluye Revueltas que hace tales puntualizaciones "porque nos atosiga una suerte de epidemia de oscurantismo supersticioso cuyos agentes patógenos —los ambientalistas fundamentalistas, los heraldos de la derecha religiosa y los ilusos— promueven toda clase de nocivas supercherías. Que les pongan una máquina del tiempo para llevarlos al medioevo, a los tiempos de la peste negra".

—De inmediato asocié el texto de Revueltas, camaleón, con uno de la poeta Wislawa Szymborska incluido en su libro Nonrequired Reading (Harcourt, Nueva York, 2002). Es el comentario a un libro que apareció hace años en Polonia (el título vendrá líneas abajo), cuyas autoras son Irena Turnou y Anna Bardecka. El breve texto de Szymborska se llama "Sigue soñando". Lo extiendo en español a los lectores, sin más.

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Soñamos, pero de modo tan descuidado, tan impreciso. "Quiero ser un pájaro", dirá esta o aquella persona. Pero si un destino la obligara a transformarse en un pavo, se llamaría a traición. No era lo que se imaginaba, a fin de cuentas. Aún peores peligros están atados al vehículo del tiempo. "Me gustaría despertarme en la Varsovia del siglo dieciocho", pensarías con ligereza, por imaginar que eso será la solución. Que naturalmente no terminarías en otro sitio que no fueran los salones de Su Majestad Estanislao Poniatowski, quien te tomará del brazo con una gentil sonrisa para guiarte al comedor rumbo a una de sus famosas Cenas de los Jueves. Mientras tanto, lo que realmente te ocurrió es que te hundiste de patas en el charco más cercano. En cuanto lograste salir de él, una carroza tirada por ocho caballos entró a la calle estrecha y te aplastó, tú aterrorizado, contra la pared, para luego cubrirte de pies a cabeza con lodo nuevamente. Y todo tan oscuro que no te ves ni la nariz, no sabes a dónde ir, vas tropezándote por los patios traseros de varios palacios en un caos de veredas sin pavimentar, montones de desechos y chozas en ruinas. Muy pronto unos rufianes brotan de la oscuridad y te agarran del rompevientos. No estoy escribiendo una novela, así que no tengo que idear un modo de rescatarte de este apuro. Basta con que ahora estás sentado en una taberna donde te sirven un asado, pero en un plato sucio. Cuando pides que te lo limpien, el posadero se jala el faldón de sus pantalones y pule el plato hasta que lo hace brillar. Cuando expresas tu indignación, te dice que de seguro habrás crecido en el cerro puesto que no sabes que así es como el mismo Príncipe Radziwill atiende a sus damas. En el hotel, como no lograste persuadirlos de que te dieran un poco de agua para lavarte, te lanzas sobre el colchón y las chinches se lanzan sobre ti. Al fin te duermes cerca de la madrugada, pero enseguida te despiertan unos gritos, porque alguien en el segundo piso provocó un incendio. Sin esperar por los bomberos, que todavía no se han inventado, saltas por la ventana y, solo gracias a las pilas de basura apestosa en el patio, no te rompes el cuello sino una pierna. Un peluquero novato te reacomoda la pierna sin un anestésico. Habrás de agradecerle a tu buena estrella en caso de que no te dé gangrena y que los huesos vuelvan a enderezarse. Cojeando ligeramente, regresas a tu época y compras el libro por el que debiste empezar: La vida cotidiana en Varsovia durante la Ilustración. Te capacitará para recobrar el balance adecuado entre la prosa y la poesía de aquellos tiempos.

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