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Domingo , 21.10.2018 / 12:10 Hoy

El camaleón peripatético

Papeleo digital

Luis Miguel Aguilar Camín

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Se rumora —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— que cuando te dieron a leer y grabar tu manifiesta voluntad de cambiarte de “implicancia” respecto a una cuenta individual, cuando solo debías leer “Yo (tu nombre completo), con número de registro tal (larguísimo), manifiesto mi voluntad de traspasar”, etcétera, el asunto no podía concluirse porque a cada intento decías: “Yo, que tantos hombres he sido…”; “Yo, Pierre Riviere, habiendo matado a mi madre y mis hermanos”; o: “Yo, que solo canté de la exquisita/partitura…”, o, y: “Yo, Bertolt Brecht, vengo de la Selva Negra”. De modo que por tu culpa el asunto se llevó horas. ¿No podías sin más apegarte al libreto? No: tu necedad era “improvisar”, dilatarlo todo. Intentaban una y otra vez, y tú fallabas todas las veces por hacer chistes “yoescos”.

—Claro que no, camaleón. Esos los pensé pero no los cometí. En realidad lo que ocurrió es lo siguiente. Le di ya la primera gran probada a lo que en México es el aterrizaje de los formatos digitales para algunas diligencias.

—Qué bien. Por fin un mundo sin papeleo; un mundo de tramitación etérea.

—Pues eso está por verse. Antes me había ocurrido que el técnico de una empresa de televisión de paga perforó de más mi pared al instalar el servicio. El mismo técnico me dijo que no me preocupara y en la hoja del contrato me pidió que pusiera que había habido daño en mi propiedad y que me quedara con la copia puesto que él entregaría el original para que vinieran a reparar el daño. Pasaron dos semanas y nada. Cuando hablé me dijeron que no había reporte de queja ni solicitud de reparación de daño. Tenía que enviar por email fotos del área dañada y de la hoja de trabajo. A vuelta de email me respondieron que lo reenviara de nuevo pero que, sobre todo, llenara un formato que me enviaban y que escribiera ahí a cuánto calculaba yo que ascendía el costo de reparación. Fíjate la ventaja de hacerlo todo digital; ahora a ese formato nada más tuve que accesarlo, ajustarlo, bajarlo, copiarlo, imprimirlo, llenarlo, firmarlo, escanearlo, guardarlo y enviarlo. Qué avance simplificador.

—Pero con el primer episodio que mencionamos no estuvo tan mal. Dices que fue toda dulzura la “agente promotor” que se encargó del cambio de “implicancia”.

—En efecto. La pobre se disculpaba una y otra vez por las tardanzas y me aseguraba que todo era por mi seguridad. Pero mi seguridad pasaba por varias horas y etapas digitales. La buena noticia es que ya hay iPad y que hay apps; la mala es que ese iPad y esos apps llevados a la seguridad son interminables y extrañísimos. Ahí me tienes hablándole a la máquina con mi “yo” diciendo expresamente que deseaba tal cosa; antes tuve que hacerme el guión de lo que debía decir en un papel y con mi propia letra, copiándolo de la pantalla, puesto que el cuerpo tipográfico era casi ilegible para grabarlo de corrido y sin errores. Luego había que firmar varias veces sobre una pantallita donde, y debido a la imposibilidad de apoyar la mano para escribir, la goma escritora hizo que mi firma quedara en principio como una cordillera caligráfica con picos altos y bajos. Otra firma me quedó con “nubosidades importantes” como dicen ahora los meteorólogos en ese nuevo idioma: el climatés. Otra más me quedó como lenguas de fuego saliendo del purgatorio o de los mascarones de Kohunlich. Y así. Luego hubo una sesión de iFotos como para indiciado donde yo debía sostener mi identificación y otros documentos ante la iCámara. Y lo mejor: en la era digital, la nueva captura digital de la antigua huella digital. Qué modernidad: ya nada de aquello del cojincito de tinta y la instrucción de mancharse ahí el dedo índice o el pulgar y apoyarlo luego sobre el papel con cuidadosa pero firme exactitud. Resulta que ahora, para mayor seguridad, ya no solo es el índice o el pulgar sino todos los dedos de las manos. Antes me preguntaron si, lo pongo yo lopezvelardeanamente, “conservaba mi huella en cada dedo”. Es decir, si por algún motivo las yemas habían sufrido borrones. En la huellización electrónica nos tardamos como hora y media. Al cabo ya no me dieron ganas de satisfacer mi curiosidad. ¿Qué habría ocurrido si no conservara yo mis huellas en cada dedo? ¿Se habría procedido al registro con los nudillos, la muñeca, el codo, la nariz o my left foot!? Entonces, camaleón: adiós al papeleo-papeleo; bienvenidos al papeleo digital.

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