• Regístrate
Estás leyendo: De mosca en mosca
Comparte esta noticia
Martes , 19.06.2018 / 17:34 Hoy

El camaleón peripatético

De mosca en mosca

Luis Miguel Aguilar Camín

Publicidad
Publicidad

Todo empezó —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—con la Breve Biblia de las Moscas; le llamo así a esa suerte de libro paralelo que Augusto Monterroso hizo en Movimiento perpetuo (Joaquín Mortiz, 1972). Intercalados en el libro, alternándose con los textos, aparecen unos treinta y pico autores que hablan de la mosca. El libro mismo abre de modo inolvidable: “Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas”. Poco más adelante Monterroso dice que ha ideado una antología universal de la mosca pero que resulta una empresa infinita; inserta un asterisco para poner al pie que en el libro los lectores verán una pequeña muestra, del todo insuficiente. Sin embargo los breves textos que incluye son delicias mosquiles o mosquiteras. Ahora: da el efecto siguiente. Desde que uno se encuentra por primera vez con El Moscario de Monterroso, en lo sucesivo no hará sino añadirle mentalmente a esa Biblia las moscas literarias que se va encontrando.

—Pero en los últimos días has ido de mosca en mosca por un poema quechua que Monterroso incluyó; comienza: “Yo crío una mosca/ de alas de oro,/ yo crío una mosca/ de ojos encendidos.// Trae la muerte/ en sus ojos de fuego,/ trae la muerte/ en sus cabellos de oro,/ en sus alas hermosas”.

—Aunque de mosca, sería un vuelo largo explicar por qué regresé ahí. Nada más concluyo: no he dado con el nombre del traductor al español. Pensé, lo más probable, si sería el escritor peruano José María Arguedas; o el escritor peruano Sebastián Salazar Bondy, a quien y a cuya antología de Poesía quechua de los 1960 Monterroso le dedica un ensayo en La palabra mágica (ERA, 1983), donde vuelve a mencionar el poema de la mosca. Yo había ya descartado a un pionero sobre el tema, Jesús Lara, por la sencilla razón de que en su libro La poesía quechua (FCE, 1947; 1ª. reimpr., 1979) no viene siquiera ese poema. Al cabo me encuentro (Literatura quechua, Biblioteca Ayacucho; no doy con el año) no al traductor buscado sino a otra traducción del poema hecha en 1978 y debida a Edmundo Bendezú. Frente a esta última sigo pensando que la versión de Monterroso/Salazar Bondy (o de quien haya sido) es insuperable. En la de Bendezú me estorban los diminutivos: “… cuido una mosca con ojitos de candela… ojitos de fuego… Trae la muerte/ en sus pelitos de oro/ en sus lindas alitas”. No es de extrañar que cuando en 1971 el poeta estadunidense Mark Strand vertió al inglés 18 poemas del quechua escogió la versión en español que seguramente tomó de la antología de Salazar Bondy, porque solo menciona que trabajó sobre traducciones al español. No creo que hubiera cambiado “eyes” por “little eyes”.

—Strand resume y atina en esto: “Los quechuas, que vivieron en el altiplano de Perú y Bolivia, no tenían lenguaje escrito, lo cual quiere decir que las versiones españolas de sus poemas son en cierto sentido originales. La labor de apuntar lo escuchado y luego transcribirlo la emprendieron primero sacerdotes y más tarde antropólogos… Pueden encontrarse muchas variaciones del mismo poema, dependiendo de dónde o cuándo fue escuchado por primera vez… Lo importante es que su atractivo emocional está intacto”.

—Pues de mosca en mosca se me apareció de casualidad otra en un libro de Ted Hughes, Poetry in the Making (Faber and Faber, 1969). El poema se titula, qué más, “La mosca” y su autor es el checo Miroslav Holub (1923-1998), científico y poeta del que he preferido no obtener una obra suya entera sino que me salga al paso con poemas en eventuales antologías y publicaciones diversas. Y leído así no deja de sorprenderme cada vez, como en este caso.

La mosca. Ella se sentó en el tronco de un sauce/ mirando/ parte de la batalla de Crécy,/ los gritos,/ los jadeos,/ los gemidos,/ los pisoteos y los tropiezos. // Durante la catorceava carga/ de la caballería francesa// se apareó/ con una mosca macho de ojos pardos/ de Vadincourt.// Ella se restregó las patas/ al sentarse sobre un caballo destripado/ meditando/ en la inmortalidad de las moscas.// Con alivio fue a posarse/ sobre la lengua amoratada/ del Duque de Clervaux.// Cuando vino el silencio/ y solo el susurro de la putrefacción/ rodeó con suavidad los cuerpos/ y solo/ unos cuantos brazos y piernas/ se retorcían a sacudidas bajo los árboles// ella empezó a poner sus huevos/ en el único ojo/ de Johan Uhr,/ el armero real.// Y entonces/ se la comió un vencejo/ que huía/ de los incendios de Estrées.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.