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Lunes , 20.08.2018 / 00:55 Hoy

El camaleón peripatético

"Atletiscos"

Luis Miguel Aguilar Camín

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Con el tiempo —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— he acopiado cierta cantidad de fragmentos referidos a la época de Olimpiadas. Asteriscos sobre atletismo y anexas: atletiscos. Van algunos.


*El poeta latino Ausonio, por costumbre de que se midiera así la edad pero también para referir que el más viejo de su casa había muerto en sus ochenta y no “envejecerlo” directamente con la mención de sus años, dijo que su padre había cumplido 22 Olimpiadas. Frente a Río 2016 quien esto escribe podría exponerlo así, jugando con uno (porque hizo dos) de los poemas titulados “Límites” de Borges: “Este verano cumpliré 16 Olimpiadas./ La muerte me desgasta, incesante” *Deploro las ceremonias inaugurales porque aún no hay competencias; las de clausura, porque ya dejó de haberlas.

De ahí que a la pregunta: “¿Viste la inauguración?”, la respuesta pertinente sea: “No, a mí me gustan las Olimpiadas”. *Harto me incomodan los dramatismos en la Olimpiada. Se me eriza la piel de pena ajena viendo al marchista lesionado que, en un gran golpe de autoconmiseración, cruza la meta a las doce de la noche; a la mujer maratonista que sobreactúa su fatiga en la llegada igualmente tardía al estadio. No quiero lágrimas de la clavadista que se resbaló en el trampolín, perdió la clasificación y ahora está en llanto mientras el coach la cubre con una toalla larga y paternal. Apartad de mí la imagen de atletas de países rivales abrazados mientras dan la vuelta al estadio compartiendo banderas: la hermandad es posible. Yo quiero acción y temas duros. Fibra, derroche físico, cierres ciclónicos. ¡Y una plebe frenética aplaudiendo! *En cada Olimpiada hay percances tragicómicos. Recuerdo algunos accidentes en la pista donde, por ejemplo, una corredora sudafricana pisó sin querer a una corredora estadunidense y la dejó fuera de la competencia. Recuerdo caídas de estafeta y derrotas por lo mismo en las carreras de relevos. Recuerdo asuntos penosos como el del gran marchista mexicano el sargento Pedraza vomitando en la pista a su llegada de la caminata de 50 kilómetros en la Olimpiada de México 68. Pero nada más memorable al respecto que lo ocurrido en unos juegos “paralímpicos” (sin la connotación actual). Me refiero a los juegos en honor a Patroclo, en el libro 23 de la Ilíada , donde el anti-fair play de la diosa Atenea para proteger a Odiseo, que va rezagado en una competencia de pista, hace que Áyax se resbale en caca de buey, pierda la carrera y acabe con la boñiga hasta en la boca. *Alejandro, lector de la Ilíada, era dado a la emulación de las hazañas atléticas en campo, pista, lucha, box. Siempre lo imaginé con un cuerpo de gran atleta, y más como un boxeador de peso wélter por lo menos. En realidad era un peso mosca; a lo más, peso gallo. Recuerdo mi desconcierto al saberlo: cuando Alejandro de Macedonia, llamado posteriormente el Magno, se sentó en el trono del rey Darío luego de conquistar a los persas, las patitas le colgaban al aire. *“Soy el maestro de atletas, quien pecho a pecho prueba la mayor anchura del suyo”. Querido poeta Walt Whitman: conformémonos con prender la televisión y mirar cómo otros prueban sus anchuras. *1968. Un parteaguas. Eso era el Tibio Muñoz nadando de pecho, rumbo a la primera y seguramente única medalla de oro en natación para México que veré. *Y hablando de natación. Pese a su nombre de what!? la palabra “hipálage” (del griego: “intercambio”) es una figura retórica sencilla de aprender, muy entretenida y muy eficaz en la poesía desde los tiempos del señor Virgilio (Borges: “A Leopoldo Lugones”; Borges, por cierto, era nadador. Le dice al agua en “El poema del cuarto elemento”: “Acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo”). La hipálage sirve precisamente para refrescar o, si se me permite, destantear a la poesía misma cuando la poesía está acostumbrada a lo previsto. Por caso, si esta semana algún comentarista deportivo dice: “Michael Phelps desplaza agua con sus poderosas brazadas”, dice bien, pero dice obvio. Para devolverle novedad a la expresión, diríamos, en cambio: “Michael Phelps con sus brazadas desplaza agua poderosa”. *El dopaje de los atletas aumenta noticia tras noticia. Pienso si no sería mejor quitar el veto hipócrita y permitir el uso de sustancias hoy prohibidas. Porque si lo pienso dos veces, Bertolt Brecht tenía razón: pasado cierto nivel, todo deporte deja de ser sano.

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