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El camaleón peripatético

A mí tampoco me gusta

Luis Miguel Aguilar Camín

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Ahora que lo pienso la estadunidense Marianne Moore (1887-1972) —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo, mientras comentamos la salida de una biografía (The New Yorker, 11/11/13)— era el poeta (así, en masculino: la poeta podría sugerir solo género femenino) favorito de todos.

—Pues de Ezra Pound a Wallace Stevens, de e. e. cummings a Conrad Aiken, de Kenneth Rexroth a Charles Tomlinson: eran todo elogios para Marianne Moore.

—Más aún, camaleón: poetas que no podían verse ni en libros, como T. S. Eliot y William Carlos Williams, W. H. Auden y Randall Jarrell, compartían un decidido aprecio por Moore.

—Y hasta Italo Calvino le dedicó un ensayo precioso en La Repubblica (1981), publicado años después en español por la revista Nexos (diciembre, 1996): “El bestiario de Marianne Moore”. Un bestiario algo loco, ¿no? A veces parecería inventado.

—No lo es, pero entiendo lo que dices. No sé, por ejemplo, quién habrá sabido de la existencia del jerbo antes de toparse con él en un poema de Marianne Moore, remitirse a las notas al pie y encontrar: “Hay pequeñas ratas llamadas jerbos que corren sobre patas traseras tan delgadas como un cerillo. Las patas delanteras son nada más manititas”.

—Las notas al pie son otro asunto traído y llevado respecto a Moore. Algunos las juzgan absurdas o distractoras, o meras pedanterías frente a lo que debería ser el poema desnudo.

—Al grado, camaleón, de que en un libro de Chuck Zerby, Los detalles del diablo. Una historia de las notas al pie (Invisible Cities Press, Vermont, 2002; curiosamente, la editorial se llama como un título de Calvino), se recoge una crítica de John Updike para burlarse de la poesía con notas al pie, y Moore fue blanco predilecto del novelista. Pero para mí las notas de Moore son una delicia. Tienen como una vida paralela a los poemas. Siempre vuelvo a una de ellas: es el dibujo de un niño de seis años en el que una mula montada por un jockey se aterra de pronto y refrena bruscamente al ver sobre el suelo a un pequeño caracol. Moore tomaba de varias fuentes: desde libros exquisitos y excéntricos hasta la prensa deportiva (era experta en beisbol) o el National Geographic.

—Pues nos enteramos de que una de esas fuentes fue su propia madre, Mary, con quien vivió desde 1918 hasta su muerte en 1947, cuando Moore tenía 60 años. Mejor dicho: fue una fuente “adversa”. No le gustaba la poesía de su hija, y es como si esta poesía hubiera sido el intento de la hija por convencer a la madre en contrario. No me imaginé que el poema quizá más famoso de Marianne Moore, “Poesía”, por lo demás una de las grandes defensas del género, resultara una especie de puesta en discusión sobre la misma poesía a partir de las objeciones, o “el desprecio perfecto”, de Mary Moore.

—De ahí su comienzo: “I, too, dislike it”. Una versión apegada diría: “A mí, también, me disgusta”. Pero la versión más natural diría por supuesto “A mí tampoco me gusta”. Y luego todo un bordado de por qué la poesía sí. Ahora: la primera vez que Moore lo publicó (1924) el poema tenía 30 versos; la segunda (1935), 35; la tercera (Complete Poems, 1967) ya solo tenía tres versos: “A mí tampoco me gusta./ Al leerla, sin embargo, con un desprecio perfecto, descubres en/ ella, al cabo, un lugar para lo genuino”. Era prácticamente el comienzo, y aun así mocho. Originalmente podíamos oír como otra objeción “materna”, lo vemos ahora, antes de que a la poesía se la declarara “lugar para lo genuino”: “A mí tampoco me gusta: hay cosas que son más importantes más allá de esta friolera./ Al leerla, sin embargo…”, etcétera. El lío es que Moore no solo cortó lo de la “friolera” sino, propiamente, todo el poema, incluyendo maravillas como una definición así de la poesía: “Un jardín imaginario con sapos reales”.

—Pues del “bestiario” de Moore no puedo sino atender a un poema de mi absoluto concernimiento.

—Va una versión. Añadir que es además un carmen figuratum, un poema con dibujo o un poema que es dibujo, un poema cuya disposición tipográfica perfila una forma. En este caso, un camaleón tragaluz o tragacolores.

Oculto por el follaje y el fruto augustos de

la viña tú enlazas

tu anatomía

en el tallo podado y pulido,

Camaleón.

El fuego tendido

sobre una esmeralda tan grande y

maciza como la del Rey

Oscuro,

no podría romper el espectro y hacerlo comida, como tú.

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