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Domingo , 23.09.2018 / 04:19 Hoy

Ni tanto que queme al Santo, ni tanto que no lo alumbre

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A propósito de la fuerte discusión que se ha desatado por el manifiesto publicado en el diario francés “Le Monde” para frenar el “puritanismo” desencadenado a raíz de la campaña Hollywoodense “#MeToo”, en español “yo también”. El manifiesto lo firmaron 100 artistas francesas, entre las firmantes la actriz Catherine Deneuve, la cantante Ingrid Caven y la escritora Catherine Millet. Recordemos que las denuncias se incrementaron a partir del caso del productor Harvey Wenstein, quien acosó, chantajeó y abusó de varias actrices, y operó bajo la complicidad tanto de hombres como de mujeres que estaban enterados del asunto, desprendiéndose de este hecho una lista interminable de famosos y no tan famosos como abusadores, incluyendo al mismísimo Trump.

Y en defensa de las francesas me atrevo a confesar que yo soy de aquellos que son bastante “torpes para la seducción insistente”, y para descargo de mi osadía, declaro que es el instinto el que orienta mis gustos, opiniones y creencias, imprimiendo en la personalidad social, una marca específica, haciendo surgir en ella el eterno deseo sexual.

El instinto, como el deseo, es una fuerza de la naturaleza viva, que maneja y domina el ser humano, condiciona su pensamiento, su vida moral, del mismo modo que modela su estructura y su forma material. El instinto es quizá, la única certidumbre de la que deriva todo lo demás. Por eso, Anatole de France decía sabiamente que nuestras leyes, no son otra cosa que la administración de nuestros instintos, y es en este movimiento que se inscriben dos posturas: la francesa y la americana.

Gracias a este centenar de personalidades francesas, hoy a los hombres se nos da la oportunidad de opinar sobre un asunto en el que se nos asignaban, casi por “default” sólo dos actitudes: primero, mantenerse en silencio; y segundo, aceptar sin defenderse, la teoría de que vamos por la vida acosando a las féminas, calificándonos injustamente a todos como unos cerdos, sin tomar en cuenta a aquellos que, como yo, suelen todavía mandar flores, como dice la canción de Roberto Carlos, “yo soy de esos amantes a la antigua”.

En el manifiesto, ellas consideran que “la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, en lo que estoy totalmente de acuerdo; y desde luego hay una enorme diferencia con el espeluznante acoso sexual laboral. Cuántas mujeres que trabajan en el matrimonio o fuera de él, se agotan o degradan bajo la mortal presión de un acoso y terminan por mostrarse ante la sociedad abierta, con su coquetería y toda suerte de artilugios y futilidades que con justicia enaltecen al sexo femenino.

También hay otras posturas, como la que se dio por parte de la feminista Caroline de Haas a nombre de varias activistas francesas, quien ha denunciado que sus compatriotas “usen de nuevo su visibilidad mediática para banalizar la violencia sexual” y, “despreciar, de facto, a millones de mujeres que sufren o han sufrido este tipo de violencia”, no se trata de eso, si no de colocarnos en nuestra exacta dimensión.

En fin, este ha sido un tema delicado, controversial, y sobre todo muy mediático; cada cabeza es un mundo, reitero que todos, hombres y mujeres, tienen derecho a expresarse libremente, todas las opiniones son bien venidas; y como mencionaba al principio del artículo, los extremos y los excesos son altamente perjudiciales y nocivos.

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