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Viernes , 21.09.2018 / 11:33 Hoy

Mirada en la red

Luis Buñuel, el ser humano

Luis A. Guadarrama Rico

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El próximo 29 de julio se cumplen 35 años del fallecimiento de Luis Buñuel. El afamado cineasta fue un reprimido obseso sexual, aunque no permitía a su cónyuge e hijos que se hablara de ello en su hogar. Conservador irredento y surrealista por convicción. Cuenta su esposa, Jeanne Rucar, que jamás hablaba en casa sobre su trabajo.

Filmes como: Los Olvidados, Viridiana, Simón del Desierto, La Ilusión viaja en tranvía, Tristana, Él, Ensayo de un crimen o, Ese Obscuro objeto del deseo, rubrican su interés por el cuerpo femenino; especialmente pies, piernas, muslos y por el sensual pecho. A la mayoría de sus personajes masculinos los condujo a representar conflictos provocados por la represión y por dosis de culpa ante esas pasiones sensuales. Fue un fervoroso iconoclasta de la familia tradicional, de lo religioso y de la milicia.

Luis Buñuel, hombre de arraigados hábitos y manías. Una reunión de más de seis personas le parecía una multitud. Detestaba a los fotógrafos de prensa. Reprobaba las ceremonias conmemorativas y las estatuas de grandes hombres. Fumó puro hasta su deceso, a los 83 años. Bebía en bares y cafeterías madrileños, parisinos y andaluces, donde departía horas en tertulias con amigos y, con otras personas, no tan leales con él, como Salvador Dalí.

Poca gente sabe que padecía de sordera y que era un celoso despiadado. A tal punto llegó su celotipia que una noche que alabaron a su esposa por lo bien que había tocado el piano, despóticamente e iracundo, ofreció regalarlo a cambio de dos botellas de champagne; cosa que se efectuó, con un profundo dolor para su resignada mujer. Hoy Buñuel saldría reprobado en la asignatura de equidad de género y en Derechos Humanos. Las feministas lo mandarían a la hoguera mediática, si su vida como pareja hubiese sido lo suficientemente pública.

Aunque la película “Los Olvidados” continúa figurando como el filme de alta referencia con el sello Buñuel, vale recordar que cuando se estrenó en México, las mentes retrógradas de la época, sindicatos, asociaciones y el insigne Jaime Torres Bodet, lograron quitarla al cuarto día de estar en cartelera. Claro, cuando el largometraje fue galardonado poco después, en el festival de Cannes, todo mutó en atronadores aplausos de quienes la habían rechazado. He ahí el México hipócrita que pervive.

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