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Sábado , 20.10.2018 / 19:53 Hoy

Mirada en la red

Lecciones de la decrepitud

Luis A. Guadarrama Rico

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Durante los últimos diez años he visto más o menos de cerca a personas que han muerto pasados los 75 u ochenta años de edad. Contra las estadísticas, los deseos o los pronósticos, por ejemplo, me tocó el caso de mi abuelo materno, Antonio. Su mujer –mi abuela—partió antes que él, víctima de un cáncer letal que previamente y en fase de agonía le cercenó las dos piernas. Mi abuelo siguió viviendo. Como por arte de magia, se desconectó casi inmediatamente después del deceso de mi abuela Rosa. Mi anciano antecesor preguntaba por ella, claro. Y quería ir a buscarla a la comunidad de Laguna Seca, donde ambos pasaron la mayor parte de su subsistencia. Luego, pasados unos cuantos años más, dejó de existir, felizmente sin entrar en ninguna fase agonizante.

Otro caso fue el de Manuel. Una persona que se había casado un poco mayor, para su época, pues había contraído nupcias a los 27 años de edad, por allá del año 1955. Su esposa, de apenas 20 años, venía de una ranchería cercana a la ciudad de Toluca. Tanto el estilo de llevar la vida como la distancia etaria entre Manuel y Bertín, pronosticaban, por mera esperanza de vida estimada a la usanza del INEGI, que Manuel dejaría primero esta testaruda existencia. Pues no fue así.

Bertín padeció una temprana enfermedad crónico-degenerativa; sufrió a raudales diversos tratamientos y, con todas sus dolencias a cuestas, un día, pasado su cumpleaños número 79, se fue a la Nada. Su esposo, siete años mayor que ella, continuó en este mundo unos meses más, pero también se escondió mentalmente y únicamente atinó a comer y dormir; dormir y comer. Ese dolor profundo, amargo e indescriptible, provocado por la pareja amada que ya partió, lo evitó la mente de Manuel; su memoria añeja lo amuralló para evitar que se asomara a la crueldad que le dejó su cama conyugal.

El tercer caso fue el de mi tío Saúl y mi tía Noemí. Una pareja que después de haber tenido y formado a siete hijos, siguieron juntos en su hogar. Él ligeramente mayor y proclive a gozar de las atenciones maternales que su cónyuge le prodigaba amorosamente, especialmente durante los últimos 15 años. Saúl dejó de latir pasados los 90 años, a medio camino, entre la visita al hospital, porque había presentado una recaída y sus deseos de retornar recuperado y menos asustado.

El novenario en su iglesia cercana, llegó al final. Noemí también se ha "desconectado". Recibe visitas de sus hijos, nueras, nietos, nietas, sobrinas y amistades. Cálida y amorosamente le cuidan sus hijos. Pero ella, de vez en vez, dice que ya mero llega Saúl; que tal vez salió y que no tardará en regresar. Nuestra mente, ante el indescifrable dolor por la pérdida del ser amado, nos protege y nos aísla, dejándonos a salvo, en la noche de la decrepitud, esperando el último suspiro.

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