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Mirada en la red

Anticipación

Luis A. Guadarrama Rico

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Las turbulenciaso crisis económicas recurrentes, junto con la hiperproducción de mercancías, la desregulación a toda costa, la pérdida de la seguridad social en la clase trabajadora, la efímera, pero calculada, innovación tecnológica y los grandes capitales sin fronteras, dan cuenta de la insaciable sed de dinero que el turbocapitalismo produce desde hace varios años en gran parte del mundo.

No solamente se trata de asuntos de producción acelerada, de la glotonería del consumo, de la concentración de la riqueza o del empobrecimiento de la población; el turbocapitalismo –acuñado en 1996 por Edward Luttwak—ha penetrado en la médula de la política.

Con la llamada «transición» para el cambio de gobierno federal, dispuesta para el próximo 1º de diciembre, con la declaración del triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) como presidente electo, dio inicio el repliegue del Poder Ejecutivo en funciones. Así como vemos quedes de septiembre en los grandes almacenes llegan productos navideños, lo mismo sucede en el gobierno. Todo es antelación y prisa por tomar cartas en los asuntos.

Varios funcionarios (salientes y entrantes) han comenzado a hacer sus cuentas desde ahora, pues –según se ha deducido—nadie podrá ganar más que el presidente electo AMLO, si quiere trabajar en el ámbito federal. Lo mismo sucede con quienes están en el Poder Legislativo; ello está sobreentendido desde que AMLO anunció el monto de su salario, para no ofender al pueblo.

Parte de las caravanas de migrantes centroamericanos han llegado a suelo nacional. El presidente electo no está en la silla, pero ya ofreció (¿?) que habrá trabajo. Aún no está en Palacio de Gobierno, pero mediante una consulta sui géneris, para decirlo piadosamente, ya notificó que no continuarán las obras para el aeropuerto en Texcoco, sino que parte de tal esfuerzo se efectuará en la base militar de Santa Lucía.

Desde el otro lado de la acera, el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) optó por «adelantarse» y, en lugar de llevar a la cabo hasta diciembre de 2021 la renovación de las 557 señales de televisión que se reparten fundamentalmente entre los consorcios Televisa y TV Azteca, mejor se ahorró dos añitos, para tener un pendiente menos. El nuevo refrán diría: Más vale anticipo que dure y no fecha programada que canse.

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