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Domingo , 22.07.2018 / 19:19 Hoy

Mirada en la red

Abuelidades

Luis A. Guadarrama Rico

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En el México rural, antes del éxodo que se vivió a partir de los años 40 y 50 hacia las pocas ciudades que había en el país, así como hacia los EEUU, las estructuras familiares tenían un predominio extenso o ampliado. A pesar de que la esperanza de vida era menor que la de ahora, alcanzaban a convivir brevemente en los hogares tres generaciones, compuestas por abuelos, hijos y nietos.

Mediante el avance de la industrialización, un mayor acceso a la educación, acompañadas de mejoras en salud, control de la natalidad, la paulatina liberación sexual, así como los movimientos juveniles de los 60 y 70, cobraron mayor relieve los sistemas conyugales-nucleares. Los hogares extensos fueron perdiendo sitio, al tiempo que se abría distancia geográfica entre padres e hijos, incluidos nietos(as).

Imaginar aquellos años del siglo XX no debe llevarnos a la miope idea de que "todo tiempo pasado fue mejor". Desde hace casi 30 años el tamaño de los hogares se ha estrechado continuamente; la natalidad se reduce metódicamente; el número de personas que optan por el matrimonio cae en picada; la unión libre y el divorcio levantan vuelo; las configuraciones monoparentales de cabeza femenina crecen año con año y, los hogares unipersonales se extienden.

Lo que también se dice es que además de estas transformaciones, aumenta la esperanza de vida, con una ligera ventaja cosechada por las mujeres. Ello ha generado una segunda vuelta a la crianza –no de los hijos propios, sino hacia los nietos(as) — Por ende, la abuelidad tiene un papel neurálgico, complejo y pocas veces reconocido.

Indudablemente no todas las madres veteranas han retornado a la crianza. Lo que se observa con cierta regularidad es que mediante peticiones como: "Te lo(a) encargo, ahorita vengo; que coma contigo y luego paso por él; que se quede un rato contigo, nada más encuentro quién me lo cuide; o bien, está de vacaciones en la escuela y, no tengo con quién dejarla(o)" las abuelas y, en menor medida los abuelos, están dando vida a redes de apoyo basadas en el amor, el cuidado y en la vigilancia de sus nietas(os). Se han convertido en centinelas para que la vida familiar siga su rumbo.

Aquilatar este ginecocentrismo emanado de las abuelas, para obsequiarlo a sus hijas, nueras y nietas(os) es elevarlo al pedestal que merece este parentesco.

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