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Columna de Luis de Llano Macedo

Los Azcárraga, tres generaciones: inicios de la televisión en México

Luis de Llano Macedo

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La noticia causó asombro, pero no estupor. Emilio Azcárraga Jean dejó la Dirección General de Televisa tras 20 años; sin embargo, a partir de 2018 continuará al frente de la estrategia de largo plazo con el cargo de presidente ejecutivo del Consejo de Administración.

Este cambio se venía avizorando desde hacía tiempo, no obstante, los gurús de las teorías de la conspiración se dieron vuelo expresando conjeturas en todos los tonos; algunos más atribuyeron la decisión a una elaborada estrategia para fusionar Univision y Televisa; otros, los más cercanos y los más resentidos, no dejaron de opinar con ironía que, congruente con la política de austeridad adoptada en los últimos meses, se había “recortado” a sí mismo.

Es la cuarta ocasión que la dirección cambia de sucesores y, aunque esta vez no ocurre por la muerte o retiro de su líder, creo que a fin de dimensionar los alcances de esa noticia es buen momento para hacer un recuento de algunos hechos que han marcado la historia de los Azcárraga. Aquí el primer capítulo de esta historia que he narrado en el libro Expedientes pop, agregando mi opinión de los últimos hechos…

La torre ‘Emilio Grande’

Mi padre, Luis de Llano Palmer, pionero de la televisión en México, me contó que la competencia por consolidar las concesiones que otorgó el gobierno en los años 50 estuvo marcada por la feroz competencia.

La visión gubernamental era la de lograr, a través de la influencia de los medios masivos y calculando el alto impacto masivo que la televisión tendría a largo plazo, que el vínculo del nacionalismo fuera el mensaje institucional. Históricamente hablando, esta decisión logró su cometido.

Esto fue lo que mi padre me platicó: “La primera concesión de un canal televisivo en Latinoamérica le fue otorgada a Rómulo O’Farril, dueño del periódico Novedades, en 1949. La estación fue llamada XHTV y el gobierno le asignó el Canal 4.

“El 31 de agosto de 1950 fue una fecha muy peculiar, ya que desde el legendario Salón Jockey Club de la Ciudad de México se inauguró el Canal 4. Para que el evento se pudiera ver por el primer teleauditorio, O’Farril importó 50 monitores Admiral que se instalaron en los principales escaparates de las tiendas de moda. El 1 de septiembre de 1950 el presidente rindió su cuarto informe y las cámaras de Canal 4 estuvieron allí para transmitirlo…

“Aún antes de inaugurar el Canal 2 ya había rivalidades… Pero en esta primera batalla por las audiencias televisivas teníamos la ventaja de que nosotros, los del Canal 2, veníamos de la Radio y traíamos una gran escuela.

“Televicentro era solo un maremágnum de estructuras de Acero y albañilería, cuando Emilio Azcárraga Vidaurreta dio la orden de arrancar... Miguel López, administrador de la obra, había habilitado un estudio donde metimos el ‘control remoto’ que don Emilio había comprado en su último viaje a Chicago. El artefacto de transmisión, una maravilla de la tecnología de aquel tiempo, permanecía muerto en sus cajas.

“Los ingenieros comenzaron a desempacar el equipo, que consistía en dos cámaras, fuentes, generadores de sincronía auxiliares y otras cosas. Después de un mes ya estaba todo listo, o casi... Don Emilio dijo: ‘Vayan a la XEW, comiencen a montar programas con distintas ideas y hagan un circuito cerrado a las oficinas del señor Vélez y las mías’.

“Azcárraga y Othón Vélez parecían estar siempre pegados a los aparatos del circuito, nos daban sus consejos y uno que otro regaño. Había muy buenos elementos que se comenzaron a integrar. Alguien que de verdad arriesgó el pellejo fue un técnico apodado el Hombre Mosca, quien después de instalar el transmisor, escalaba la torre Emilio Grande, a 140 metros de altura, para bajar el cable coaxial de la antena de mariposas en una lluvia torrencial.

“El 21 de marzo de 1951 salimos al aire transmitiendo desde la XEW en la calle Ayuntamiento: Don Emilio había dado la orden tajante de que teníamos que salir ‘a como diera lugar’, y así lo hicimos, con una transmisión de beisbol desde Parque Delta.

“Aunque los augurios no eran muy buenos, ¡salimos al aire!, bueno, tan solo durante 30 minutos, porque después todo falló. ‘Alguien’, que no sabemos y creo que nunca sabremos quién, había metido mano en el cable de video y nos boicoteó… Una primera escaramuza en las muchísimas batallas de la guerra de televisión en México había sucedido”.

‘El León’ duerme

A finales de 1971, 20 años después, los vientos del cambio señalaban un momento de transformaciones que con la llegada de Luis Echeverría a la Presidencia se agudizaron, porque de todos era sabido que era partidario de un “nuevo modelo televisivo” y una mayor presencia gubernamental.

La idea de una nacionalización de la industria permanecía latente en las oficinas de Los Pinos y el domingo 18 de junio de 1972 se organizó una junta inusitada con todos los actores de la industria.

En aquellos días, los intelectuales de izquierda iniciaron ataques contra “la caja idiota”, como bautizaron a la televisión, y el lanzamiento del libro chileno Para leer al Pato Donald criticaba el imperialismo cultural yanqui y señalaba el papel de la televisión como un instrumento de enajenación. Esto aunado a la campaña de medios impresos, como Excélsior, donde se cuestionaba la labor educativa y social, estaban creando una creciente presión en Telesistema Mexicano (TSM), donde Emilio Azcárraga Milmo comenzaba a tomar las riendas ante el virtual retiro de su padre y, con ello, propiciaba un virtual cambio del balance en el poder de decisión de mi padre.

A todo esto se sumaba la competencia de Canal 8 de Televisión Independiente de México (TIM), propiedad de los Garza Sada, del Grupo Alfa de Monterrey, quienes estaban desarrollando una fuerte campaña por capturar la audiencia.

Se decidió que la industria no sería nacionalizada, por no convenir a nadie esta repentina medida que resultaría antipopular y en cierta forma innecesaria y dictatorial; pero a partir de allí nace la idea de que TSM y TIM no solo debían sumar esfuerzos, sino realizar una fusión.

El 23 de septiembre de 1972 una noticia impactó a México: Emilio Azcárraga Vidaurreta murió a los 77 años. Yo acompañé a mi padre al velorio, quien, además del dolor de ver partir a su amigo, sufrió la pena de ser prácticamente desconocido por aquellos con los que alguna vez compartió amistad, trabajo y la tarea de llevar a TSM hasta el sitio en el que se encontraba. Muchos ni siquiera lo saludaron… El carácter efímero de la televisión y la nula gratitud que caracteriza a algunos seres humanos se vieron reflejados.

Mi padre no quiso dejar de hacer patente su amistad y gratitud con Azcárraga Vidaurreta, quien había tenido gestos muy humanos con él, como llevarlo a operar a Nueva York de las siete esquirlas de metralla que tenía alojadas en la cabeza desde la Guerra Civil Española; y también con Emilio Azcárraga Milmo, con quien tenía una relación fraternal, había sido compañero de viajes y socio en la producción de obras de teatro y mantenían una amistad muy cercana, que el vaivén del quehacer televisivo pudo fracturar, pero nunca romper.

A la mañana siguiente el cuerpo de El León fue enterrado en el Panteón Español. Cuentan que allí mismo Bernardo Garza Sada, el poder detrás de TIM, y Emilio Azcárraga Milmo, presidente de TSM, se dieron un abrazo y a manera de condolencia Garza Sada le dijo… “¿Cuándo acabamos con esta chingadera?”, Azcárraga Milmo respondió: “Ahorita mismo”, y en una habitación junto a la capilla se decidió la fusión de las televisoras.

En vida Azcárraga Vidaurreta nunca estuvo de acuerdo con este “golpe de timón”. El 28 de noviembre de 1972 se firmó el convenio… pero en este negocio, quien quedó como parte de la resta fue Luis de Llano Palmer.

La lealtad, aún entre contendientes, es un acto ejemplar, y mi padre resultó ser el perdedor. Aunque Azcárraga Milmo reconoció siempre sus cualidades y pudo haber tomado otra actitud, su decisión más dolorosa fue desconocer y castigar a su antiguo amigo, compañero y socio.

En el “Juego de Juan Pirulero” cada uno atiende su juego, y en esta cruenta batalla don Luis fue víctima de una ejemplar decisión, siendo confinado al exilio de la televisión.

Las morelejas de esta anécdota hoy me resultan atemporales, pero muy ilustrativas: el ADN de quienes nacimos, aprendimos, crecimos y formamos parte de la “fábrica de sueños” que fue la empresa Televisa, que yo y muchos conocimos, respetamos y nos dio identidad, sigue presente allí y eso nunca va a cambiar… Adiós, Emilio, y todos los Emilios que capitanearon el barco… a ti, a tu padre y a tu abuelo, los hemos extrañado y lo seguiremos haciendo: De este, o de cualquier lado de las trincheras donde se siguen luchando las batallas de la televisión. Pero esta historia, continuará el miércoles…

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