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Miércoles , 19.09.2018 / 15:59 Hoy

Desde mi rincón

La última guayaba del verano

Luis Augusto Montfort García

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Como con frecuencia sucede en la caprichosa conducta humana, el conocimiento de que estaba por terminar la producción de guayabas del árbol que vive en el pequeño jardín del frente de mi casa, hizo que ese día me despertara con un mayor antojo de saborear esa nutritiva fruta.

Niacina; ácido pantoténico; vitaminas B, C, K, E; ácido fólico; calcio; hierro; manganeso y otros beneficiosos componentes, dicen los expertos que están contenidos en una humilde guayaba.

Este año la Acca Sellowiana o Feijoa (guayabo) fue pródiga en sus regalos.

Durante casi un par de meses, el pasillo se vio alfombrado por frutos grandes y pequeños de un agridulce sabor, inducido seguramente por la mezcla del suelo alcalino y la contaminación del tráfico vehicular de la transitada y contigua arteria citadina, mezcla que no menoscaba el sabor de las carnosas esferas amarillas, ni me impide disfrutarlo.

Recolectar frutos puede ser una de las actividades mas primarias del ser humano y al mismo tiempo un profundo ejercicio de reflexión y aprendizaje.

Basta recordar que antes de que la agricultura fuera una actividad planeada y dirigida por la inteligencia humana, la naturaleza se prodigaba en beneficio de la subsistencia animal, lo que obligadamente generó en la mente del recolector humano, un sentimiento de admiración por el milagro de la vida vegetal y un respeto y agradecimiento por las fuerzas naturales que lo hacen posible, sentimientos que inevitablemente devinieron en la concepción de toda clase de mitos, ritos y religiones, que tienen en común la adoración de dioses paternales y protectores.

Hoy, en un mundo altamente tecnificado, esa “cultura religiosa” de agradecimiento, confía nuestro futuro a chips, software y hardware aplicados a una biotecnología nanológica, que serán sin duda las herramientas que nos valdrán para sobrevivir, pero no debemos olvidar que seguimos siendo una especie animal, que depende como todas las demás, del antiguo milagro de la fotosíntesis, que transforma la luz del sol en alimentos.

Eran casi las siete y ahí, en la penumbra del alba, en medio del pasillo, recolecté la última guayaba del verano.


lamontfort@yahoo.com.mx

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