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Desde mi rincón

La meditación de Antonio (Cuento)

Luis Augusto Montfort García

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Hacía varios años ya, que Antonio había medio aprendido como practicar aquello de la “meditación”. 

Un buen día una persona que lo quería bien lo invitó a tomar un breve curso, no tenía idea de lo qué se trataba, pensaba que era algo así como darle vueltas en la cabeza a alguna idea en especial, o tal vez fuera reflexionar en una oración de tipo místico, no lo sabía pero decidió probarlo. 

En el ejercicio descubrió que mediante la respiración, le era posible apaciguar el torbellino de pensamientos que en ocasiones se le amontonaban en la mente. 

Casi siempre podía manejar aquella catarata desordenada de ideas, pero a veces, sobre todo cuando “las cosas iban mal como a veces suelen ir” (según decía Kipling), Antonio sentía cómo la ansiedad y hasta la angustia se apoderaban de él, lo que luego le producía depresivos estados temporales de apatía.

Así durante varios años, de vez en cuando ante circunstancias difíciles, Antonio lograba sosegar su mente (la “loca de la casa” decía Teresa de Avila) practicando lo aprendido. 

Se dio cuenta que la meditación no consistía en “pensar” en algo, sino por el contrario, “apacentar” la mente por medio de la concentración en algo tan sencillo y natural como la respiración. 

El método aprendido daba los resultados que Antonio buscaba, después de varios minutos de seguir y contar el ritmo profundo y pausado de su aliento, Antonio se tranquilizaba y para él eso era suficiente. 


Una mañana al despertar, Antonio sintió en su pecho una conocida sensación de opresión, por lo que se dispuso a meditar, nada había que fuera diferente, se sentó en la posición y colocación aconsejadas de cuerpo y manos e inició el proceso de inhalar y exhalar. 

Pronto se relajó, pero esta vez percibió algo nuevo, diferente, le pareció que el ritmo de su respiración se iba sincronizando con una respiración mayor, algo más grande que existe y que fluye más allá de las ambiciones, angustias, apremios y apegos humanos cotidianos. 

El reloj marcó el fin de la sesión, Antonio se levantó con una grata sensación de tranquilidad y con la firme idea de repetirla.

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