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Lunes , 22.10.2018 / 03:01 Hoy

Lecturas esenciales

‘Los hacedores de cerebros’

Liébano Sáenz

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A partir de esta entrega en Lecturas Esenciales presentaremos algunas reseñas de libros que considero un referente fundamental de nuestro tiempo para reflexionar y establecer diálogos fructíferos y permanentes que enriquezcan nuestros cada vez más acelerados e interconectados instantes del pensamiento; las mismas se irán intercalando con el reto de un Año de libros de Marc Zuckerberg.

Hoy iniciamos con un libro que se inserta en la atención sobre la ciencia, el conocimiento y la soberbia, la publicación del científico David H. Freedman, Los hacedores de cerebros. En síntesis, el trabajo de Freedman es un libro de divulgación científica, pues tiene la virtud de tener una prosa sencilla, clara y poco sofisticada, pero no por ello menos profunda. Es también una introducción a la historia de la Inteligencia Artificial (IA), pero no se limita a ella. Más bien, la IA es el punto de partida. Desde ahí el autor nos envuelve en un maravilloso y extraordinario mundo en el que las células, los aminoácidos, las neuronas, la informática, la física, la química, la biología, la matemática y el metabolismo son los protagonistas. A través de su análisis es posible comprender todo lo que ha implicado para el ser humano el desarrollo de la utopía robótica, pero de igual forma, lo que le ha costado: miles de dólares, cientos de horas en el laboratorio y vidas enteras dedicadas a la investigación. Puede decirse que cualquiera que esté interesado en conocer qué es la IA puede comenzar por leer Los hacedores de cerebros de David H. Freedman.

La tecnología no debería aterrarnos. Más bien, es necesario que nos despojemos de nuestros prejuicios, valores y creencias pasadas. Vivimos en un mundo nuevo. Somos parte de una realidad diferente. Estamos en la era de las telecomunicaciones y la robótica ¿Por qué tenerle miedo a lo nuevo? Entiendo que el cambio no es sencillo, pues significa alejarnos de muchas cosas con las que hemos crecido. Adaptarse a la tecnología supone romper con muchos paradigmas y valores para nuestra vida. Pero, a su vez, debemos entender que el cambio puede ser positivo.

La humanidad, en diversas ocasiones, se ha enfrentado a cambios radicales, a modificaciones en los valores políticos y a un sinfín de experiencias nuevas que, en parte, han favorecido nuestro desarrollo. La libertad de expresión, los derechos de la mujer, el cuidado del medio ambiente, la separación de la basura son algunos ejemplos de lo que hoy nos parece normal, pero nos costó entenderlo, comprenderlo e incorporarlo a nuestra vida cotidiana. Así, hacia los inicios de la segunda mitad del siglo XX, los valores del mundo cambiaron. Un grupo de científicos decidió que parte de la ciencia debía dedicarse a la IA, es decir, a crear seres artificiales que pudieran realizar tareas intelectuales y físicas similares a las que hace un humano. Un nuevo paradigma, con el que surgió la IA, retaba los valores y creencias que habían regido la historia de la humanidad hasta el siglo XX.

De Los hacedores de cerebros pueden sacarse dos conclusiones fundamentales: 1) la IA, hasta 1994, año en que se publicó el libro, había fracasado y 2) las investigaciones en IA le permitieron al ser humano entender muchas cuestiones acerca de la psicología e inteligencia humana.

Asimismo, las investigaciones en IA abonaron al conocimiento sobre el cerebro, las neuronas, el sueño y el metabolismo, de tal suerte que los estudios realizados también apuntaron a la importancia de una buena alimentación para el óptimo desarrollo del cerebro. Freedman hace eco de la frase “somos lo que comemos”, por tanto, una alimentación inteligente permite prevenir enfermedades como el Parkinson, el Alzheimer, la depresión, entre otras enfermedades mentales, pues hoy sabemos que el aparato digestivo y el sistema nervioso tienen miles de elementos que los comunican y constituyen. Así que elegir qué comemos es optar por una salud cerebral y psíquica ya que, por ejemplo, las bacterias y sus infecciones determinan comportamientos en espejo en la mente. Seamos conscientes entonces de que lo que está aconteciendo en nuestros intestinos dicta la alarma de cualquier serie de condiciones relacionadas con el cerebro y que hay comida que nos hará más sanos e inteligentes.

Empecemos por la primera conclusión. Freedman realiza una severa crítica hacia aquellos que pronosticaron que el ser humano lograría desarrollar completamente la IA para 2000 y los tacha de equivocados y soberbios. Para 1994 no se había logrado crear máquina alguna que siquiera pudiera tener las mismas capacidades intelectuales que un niño de cinco años. ¡Estábamos ante el fracaso total de toda una disciplina! —asegura el autor.

El autor nos relata que la IA, surgida a principios de los años 50 del siglo XX, estaba envuelta en una arrogante atmósfera intelectual, debido a los avances científicos y tecnológicos que los hombres habían realizado de 1850 a 1950. Puede decirse que era una época en la que el hombre de ciencia se creía capaz de todo. Si la ciencia había podido con los aviones, los átomos, la televisión y la electricidad, ¿por qué no podría hacer lo mismo con la IA? La esperanza y la ilusión se apoderaron de aquellos científicos soberbios que pensaron que la IA era solo un trámite burocrático más en el desarrollo de la humanidad.

El autor asegura que uno de los graves errores de la IA fue que muchos investigadores buscaron respuestas en las computadoras, en la programación y en la informática. Para Freedman, si la IA pretende emular la capacidad intelectual de los humanos, debe centrarse en la naturaleza, la conducta y los procesos de aprendizaje de los seres humanos, en la neurociencia y la biología molecular.

Pero no todo ha sido en vano. Esa es la segunda conclusión de Los hacedores de cerebros. Ahora, en virtud de las investigaciones en IA, conocemos de mejor manera cómo trabaja nuestro sistema nervioso central y periférico. Muchos investigadores han preferido dejar de estudiar a los robots y centrarse en el pensamiento humano para, posteriormente, tratar de imitar los patrones de conducta y aprendizaje de los seres humanos. La IA ha intentado crear cerebros artificiales parecidos a los del ser humano. Sin embargo, sus esfuerzos no han sido fructíferos. Nuestro cerebro es tan complejo y especializado que emularlo resulta casi imposible.

Pero las investigaciones en IA no solo han descubierto cosas asombrosas sobre nuestro cerebro. También hemos aprendido mucho acerca de la capacidad de intuición, el reconocimiento de patrones, el lenguaje, la lógica, la memoria, el control motriz y el sueño en los humanos. Por ejemplo, hemos descubierto que el sueño es el momento en que reforzamos el aprendizaje adquirido y es cuando el cerebro borra información que obstaculiza los patrones de pensamiento. Ahora sabemos que dormir no solo es importante para reconstruir tejidos sino que, además, es fundamental para limpiar nuestra memoria.

Tal vez para la mitad de la década de los 90 del siglo pasado, momento en que se publicó Los hacedores de cerebros, la situación parecía caótica. La IA y la robótica, afirmó Freedman, habían fracasado. Sin embargo, 20 años después es posible cambiar el discurso pesimista. La propagación masiva del internet y el desarrollo de la telefonía celular le dan nuevos bríos a la ciencia. Actualmente es posible fabricar un robot con solo tener una impresora 3D. Asimismo, los smartphone o teléfonos inteligentes parecen ser la solución para la IA. ¡Ahora es posible controlar las acciones de un robot mediante una aplicación para Android o iOS! El pesimismo de Freedman, en 2015, desde mi perspectiva, ya no tiene lugar.

La IA, la robótica y las telecomunicaciones están cambiando los paradigmas y valores de la humanidad. Hoy es posible atender y combatir enfermedades como el VIH/Sida, el Alzheimer o limpiar arterias tapadas con nanorobots. También se pueden construir edificios con estas máquinas o tener un robot lazarillo para ayudar a la movilidad de personas invidentes. Pero ¿hay algún límite en la IA o la robótica? ¿Dónde queda la cuestión ética? Hace unos días leía que ya se están creando robots sexuales. Tal vez, en otro momento, podremos debatir sobre la ética y la robótica. Solo queda decir que lecturas como Los hacedores de cerebros contribuyen a quitarnos nuestras telarañas mentales, a olvidar nuestros miedos infundados y a entender un mundo que se observa tan distinto y sumamente cambiante. El miedo nunca ha sido bueno para el humano y, a mi parecer, en el siglo XXI no será nuestro mejor consejero.

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