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Domingo , 09.12.2018 / 23:46 Hoy

Columna de Laura Ibarra

La terrible historia de la lengua de Belisario y el malvado cirujano que la cercenó

Laura Ibarra

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La enseñanza de la historia comprende capítulos llenos de violencia y venganza. Uno de los más espeluznantes es aquél que refiere cómo un médico, en un sanatorio de Coyoacán, cercenó la lengua de Belisario Domínguez para enviársela como trofeo al presidente usurpador (después del asesinato de Madero), Victoriano Huerta. Según la leyenda, el cirujano, antes de meterla en un frasco de formol, habría dicho: “Esta lengua que llamó asesino al general Huerta, no volverá a pronunciar palabra alguna”.

Pero, ¿de verdad ocurrió esta mutilación? ¿Cuál fue el contexto en el que ocurrió? Permítame contarle.

El 8 de octubre de 1913, varios agentes de la Policía Reservada tocaron a la puerta de la habitación número 16 del Hotel Jardín y se llevaron al huésped. Antes de cruzar la puerta, el hombre le pidió al encargado del hotel que avisara a su hijo. Nunca más se volvió a ver con vida al senador Belisario Domínguez.

Dos días después, Huerta ordenó la disolución del Congreso. Tres tranvías, que esperaban afuera del recinto de la calle de Donceles, en la Ciudad de México, transportaron a ochenta y tres diputados a la cárcel de Lecumberri.

En julio de 1914, Huerta, derrotado por las fuerzas de Francisco Villa, Álvaro Obregón y otros jefes revolucionarios, renunció a la presidencia y huyó del país.

Un mes después, el periódico El Imparcial informó de la captura de José Hernández, El Matarratas, un asesino al servicio de la dictadura.

Ante el juez, Hernández confesó la forma en que el senador Belisario había sido asesinado. Huerta había ordenado al inspector de policía Francisco Chávez, sacarlo del hotel y fusilarlo en Coyoacán.

Agentes policiacos se dirigieron al Hotel Jardín, subieron a la habitación del senador y ordenaron que viniera con ellos. Ante las puertas del Panteón de Coyoacán, el auto en que viajaban se detuvo y ahí bajaron al senador.

Gilberto Márquez, uno de los agentes, le dio un tiro en la nuca y otro, de nombre Alberto Quiroz, lo remató con dos disparos. Los verdugos desnudaron su cuerpo, quemaron sus ropas y le dieron al sepulturero los 15 pesos que encontraron en uno de los bolsillos. ¿Y el nefasto médico?

El periodista y escritor Héctor de Mauleón se dio a la tarea de investigar sobre el criminal cirujano al que la leyenda negra atribuye la mutilación.

Aureliano Urrutia fue un médico muy conocido en la época porfirista. En 1908, logró salvar de una cornada mortal al famoso torero Rodolfo Gaona. Su nombre apareció en la primera plana de los diarios. Desde entonces, su consultorio era visitado por los personajes más renombrados de la Ciudad de México. Porfirio Díaz pidió que se filmara una intervención quirúrgica realizada por Urrutia, para mostrar al mundo los avances médicos en el país.

Un día, el secretario de Urrutia le informó que un sujeto se encontraba tirado en la puerta de la cantina La India. El cirujano envío a su asistente para ver de quién se trataba. El médico, sorprendido, regresó con la noticia de que se trataba del general Victoriano Huerta, el cual no tenía pulso. Urrutia ordenó trasladar al militar inmediatamente al sanatorio, lo colocó en la mesa de operaciones e intervino el tórax, las costillas, el diafragma, el hígado, el pulmón, etc. A los quince días el general Huerta (por cierto, nuestro paisano jalisciense y empedernido bebedor, sobre todo de coñac) dejaba el sanatorio en perfecto estado de salud.

La amistad con Huerta y seguramente una personalidad mezquina convirtieron al famoso médico en una de las figuras más terribles de la historia mexicana. El mismo Doctor Urrutia fue quien le prestó a Huerta, ya entonces su compadre, los dieciocho mil pesos que éste pagó a los oficiales que acribillaron a Madero y a su vicepresidente, José María Pino Suárez.

Después del golpe de Estado, en febrero de 1913, Huerta nombró a su médico personal ministro de Gobernación. Desde este puesto, Urrutia mandó a asesinar a más de un centenar de enemigos políticos.

Ante la inminente caída del régimen huertista, Urrutia partió al destierro. Murió en San Antonio Texas, a los 104 años de edad (Por cierto, se casó cuatro veces y tuvo 18 hijos reconocidos).

Los revolucionarios que tomaron el poder no olvidaron al sanguinario médico. Urrutia trató de volver en varias ocasiones a México, pero las familias de sus víctimas y el recuerdo de sus atrocidades lo impidieron.

En 1853, Adolfo Ruiz Cortines instituyó la “Medalla Belisario Domínguez”, que reconoce a los ciudadanos más eminentes de México. ¿Y la lengua del senador?

Belisario efectivamente elaboró dos discursos en los que llamó carnicero al dictador Huerta. Los historiadores no han podido determinar si en realidad los pronunció o sólo los hizo circular en una hoja impresa. En 1975, el historiador Eduardo Blanquel afirmó que la lengua del senador nunca fue cortada y que la leyenda popular que achacaba a Urrutia el cercenamiento era una estupidez. Pero, la historia, implacable, condenó a Urrutia a habitar el infierno de los traidores.

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