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Domingo , 21.10.2018 / 14:44 Hoy

Columna de Laura Ibarra

Se busca coreano para abrazar

Laura Ibarra

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Si Usted vio el partido, coincidirá conmigo en que el equipo mexicano no era el mismo que vimos contra Alemania y contra Corea. Es suficiente decir que el único que parecía saber dónde estaba parado era Memo Ochoa (claro, la portería es inconfundible). Pero, ¿a qué se debe qué un día la selección juegue muy bien y otro, francamente mal?

Los nuestros son capaces de triunfos sublimes y de miserables derrotas. Por eso es muy difícil que equipos que le apuestan al estudio exhaustivo del contrario puedan sacar conclusiones definitivas sobre el equipo mexicano. Lo único válido es que nadie sabe a ciencia cierta cuál será el equipo que saldrá al campo de futbol. Ni los jugadores. Esta situación permite calificar al futbol mexicano como bipolar, tal como lo diagnosticó Luis García, el comentarista de Azteca 7.

La psicología del deporte registra ese estado anímico en que un equipo francamente pequeño se crece ante un rival muy superior. En los periodos evolutivos del ser humano, el valor fue crucial para la sobrevivencia. Pero, esta situación no se puede mantener por mucho tiempo después de que se logra una victoria. Esta actitud explica, por ejemplo, por qué en un juego de voleibol un set lo gana un equipo y el siguiente lo gana el adversario.

En algún lugar en la mente de nuestros jugadores existió la idea de que este partido ya no era tan importante como los dos primeros. Después de dos triunfos (y tanto elogio), el ánimo simplemente no es el mismo. El ego es un comodino, aunque conozca del riesgo de quedar fuera. Se necesita un arduo entrenamiento psicológico para que el cerebro mantenga el mismo nivel de motivación y no se confíe de adversarios supuestamente pequeños. Con seguridad lo mismo le ocurrió a Alemania en su derrota ante Corea.

En otras palabras: No se puede enfrentar a un tigre, si el cerebro dice que es un conejo, aunque luego resulte que es tigre.

Hay tres cuestiones más que vale la pena señalar. La primera de ellas es que en estos momentos el mejor jugador del equipo mexicano es el portero. Sin el hombre de la banda en la cabeza el equipo mexicano no podría haber alcanzado los seis puntos que le permiten pasar a la siguiente ronda.

El segundo momento es la muy extraña situación que nos permitió avanzar: El triunfo de Corea frente Alemania. La imagen de los aficionados mexicanos en el estadio mirando sus teléfonos móviles en lugar del partido fue una escena nunca vista. De un momento a otro dejó de tener importancia lo que ocurría en el terreno de juego y el interés se centró en lo que las pequeñas pantallas transmitían o informaban del partido en Kazán. El mismo Christian Martinoli dejó de narrar el partido de México, para transmitir lo que ocurría en el juego de Alemania contra Corea.

Ante el desastre, la esperanza se dirigió al único lugar en que podría surgir un destello de salvación. Sucedió entonces lo impensable: en los últimos minutos, el equipo de Corea fue capaz de anotar dos goles al campeón del mundo y enviarlo a casa. En los bares de México, los aficionados que pudieron seguir este juego empezaron a gritar “Gracias, Corea. Gracias, Corea”.

A nadie le agradó que el equipo mexicano consiguiera así su pase a la siguiente ronda. Seguramente, muchos tendrán presente la goliza de los suecos y las fallas terribles de los jugadores. Es como sacar un seis y que luego lo pongan a uno en el cuadro de honor.

Pero, el futbol es también coyuntura y suerte. Como en la vida. Ocurrió lo inimaginable y esta vez fue a nuestro favor. Desde luego, que lo inverosímil de la situación y la sensación de que no lo merecíamos generan sentimientos de confusión.

El tercer momento que vale la pena mencionar fueron las lágrimas del Edson Álvarez, después del desafortunado autogol. ¿Por qué lloraba tanto? Ninguno de sus compañeros lo podía consolar. Seguramente el joven jugador, tiene 20 años, había estado bajo una presión terrible y aún no conoce mecanismos que le permitan manejar el estrés. Sin ello, un error puede convertirse en una tremenda culpa. Es probable que pensara en esos momentos que su equipo estaba liquidado y que su falta había sido definitiva. Su llanto de menos mostraba vergüenza, esa de la que otros carecieron, como lo dejaron ver sus insensatas declaraciones.

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