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Lunes , 20.08.2018 / 16:21 Hoy

Columna de Laura Ibarra

¿Por qué se suicidó Manuel Acuña?

Laura Ibarra

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Hace muchos años en las clases de literatura en la educación secundaria era obligación aprenderse un verso que empezaba: “Yo necesito decirte que te quiero, decirte que te adoro con todo el corazón…”. Dicho poema que los miembros de mi generación conocen de memoria se llama “Nocturno a Rosario”. Los expertos en literatura dicen que no ha habido en México “poesía más popular ni más recitada que esa”.

Yo lo citaba en mis clases de psicología, como manifestación del amor edípico, pues el poema terminaba “y en medio de los dos, mi madre como un Dios”. Sí, leyó bien lector, el poema refleja lo que todavía muchos machos anhelan en su compleja psicología.

Su autor, Manuel Acuña, fue un estudiante de medicina, procedente de Saltillo, que a los 24 años, en 1873, se quitó la vida. Esto ocurrió en el cuarto número 13, en el segundo patio de la Escuela de Medicina, que en esos años estaba en el edifico que ocupó la Inquisición en la época virreinal, en la Plaza de Santo Domingo.

Dos años antes, Acuña había estrenado con gran éxito en el Teatro Principal el drama El Pasado, por lo que era muy conocido. Como causa de su decisión la historia alude al “Nocturno”. Pero, ¿de verdad se trató de un amor no correspondido?

La musa del poeta, a quien estaban dedicados esos versos, era Rosario de la Peña, una joven de familia culta y acomodada (media fresa, dirían mis alumnos). En el salón literario que conducía, dio muestras de inteligencia y sensibilidad. Entre los asistentes a las veladas que organizaba se encontraban algunos de los intelectuales más destacados de la época: Riva Palacio, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez El Nigromante, Manuel M. Flores y Manuel Acuña, de menos estos tres últimos se enamoraron de ella:

“Manuel mucho me pretendió […] Yo amaba a otro hombre, es cierto, a Flores; él, que no sospechaba tener un rival en Acuña, se encontraba fuera de México. Acuña era nervioso e impulsivo […] una noche que yo estaba platicando con El Nigromante, en la salsa entró de súbito Acuña, sin sombrero lleno de guirnaldas y de flores que fue a arrojar a mis pies.”

Aunque podía pensarse que los famosos versos del “Nocturno” documentan una profunda pasión, el poeta mantenía relaciones con otras dos mujeres. La misma Rosario relató después cómo se enteró de las “infidelidades de su pretendiente”:

“Pasados algunos días, Guillermo Prieto, que me trataba con paternal solicitud, me dijo: Sé que te corteja Acuña y creo es de mi deber, por la estimación que te profeso, decirte que mantiene relaciones con dos mujeres: una poetisa y una lavandera. Es más, a una de ellas se le acaba de morir un hijo, hace poco tiempo. Así es que tú sabes lo que haces […] Esperé la visita nocturna del galán. Cuando estuvimos solos, le dije: ¡Qué tal si me he creído sus palabras! Me engañaba usted ocultándome sus amores con dos mujeres. Todo lo sé. ¿Se atreve usted a negarlo? Y entonces sólo me contestó: -¿Es cierto, Rosario, es verdad! -Yo creo que, añadí, que ya no me seguirá diciendo “mi santa prometida”.

La lavandera era una de las jóvenes que atendían a los estudiantes en la Escuela de Medicina. Se trataba de una mujer sencilla llamada Celedonia o Soledad, que Acuña nombraba “Celi”. A pesar de su pobreza Celi, costeó el primer monumento funerario del poeta, como tributo al amante apasionado que le dedicara algunos de sus versos. La poetisa a la que se refería Prieto era Laura Méndez, una intelectual de ideas feministas que vivía en la pobreza, pues prácticamente dependía económicamente de Acuña. De este apasionado romance resultó, como lo dijo Prieto, un hijo que murió tempranamente.

Altamirano, como muchos otros, vio en el desdén de Rosario de la Peña el motivo de la tragedia, al conocer la noticia le reprochó amargamente: “¿Qué has hecho, Rosario, qué has hecho? ¡Por ti se ha suicidado Manuel Acuña!”.

Aunque pudiera pensarse que el desencanto fue el motivo de su decisión, la verdad es que Acuña desde hacía tiempo estaba obsesionado con el suicidio.

El poeta dejó una breve nota en que decía: “Lo menos sería entrar en detalle sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que yo mismo soy el culpable”.

La muerte de Acuña fue sentida en toda la nación, lo lloraron multitudes. En la ceremonia previa al entierro, se leyeron discursos y despedidas. Uno de ellos, Agustín Cuenca, llamó la atención de Laura Méndez. Cuando el funeral llegó a su fin, Cuenca acompañó a la poetisa a su casa. Poco después se casaron.

Rosario de la Peña murió a los 77 años, soltera.

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