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Martes , 23.10.2018 / 02:41 Hoy

Columna de Laura Ibarra

¿Por qué nos gustan las series?

Laura Ibarra

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En días pasados se otorgaron los premios Emmy a las mejores series de televisión. La formación de públicos en este sector en los últimos años a nivel global es impresionante. La calidad de las series ha crecido enormemente. Nuestro colega Álvaro Cueva de la sección Hey! de MILENIO DIARIO diario se refiere a algunas de ellas como verdaderas obras maestras. El costo de cada capítulo de series como House of Cards o Games of Thrones demuestra su importancia, pues llega a alcanzar los seis millones de dólares. Pero, ¿cómo explicar el éxito de esta forma de entretenimiento?

En primer lugar, es necesario mencionar que de menos en nuestro país la televisión ahora llamada abierta, la que se recibe en los hogares con una simple antena de conejo, tuvo un desplome inmenso en la calidad de sus programas. Desde Los Polivoces, por ejemplo, la televisión mexicana no ha sido capaz de producir un programa cómico realmente entretenido e inteligente (con algunas muy raras excepciones). Los programas cómicos apelan a la vulgaridad y al humor simplón. La mayoría de las telenovelas son copias muy malas de temas que se abordaron hace más de treinta años, como si el país no hubiera evolucionado y las condiciones de vida de las mujeres no hubieran cambiado drásticamente. En la telenovela mexicana ya no importa el talento, sino el trasero y los senos operados. Ya no importa la capacidad actoral, sino el exceso de maquillaje y el vestido ceñido. Por ello, el público educado acabó dándole la espalda a la televisión. Mirarla se convirtió en sinónimo de volverse bruto.

Pero hace algunos años en la televisión estadunidense y europea la forma de hacer televisión se volvió más ambiciosa, nuevos contenidos pensados globalmente empezaron a llenar las pantallas. El género se perfeccionó abordando temas históricos como Los Tudors o Napoleón, o la maravillosa La guerra y la paz. El público mexicano que había abandonado la televisión se puso a ver series. Llegar del trabajo a casa y prender el televisor, sobre todo, esas enormes y agradables pantallas planas con alta definición, se volvió un placer afortunado para clases medias, que se habían alejado de "la tele" por su mediocridad.

Las series Homeland, Games of Thrones, House of Cards y la deliciosa Downton Abbey, que compitieron el domingo pasado por los premios Emmy, son una muestra de la calidad que este género ha alcanzado. Pero, ¿qué mueve al público, en general, a seguirlas y a que ahora ocupen un lugar tan especial en la cultura del entretenimiento? Desde luego que hay una gran cantidad de factores, pero aquí quisiera referirme a los psicológicos.

En primer lugar, los psicólogos hablan de la necesidad que tenemos las personas de encontrarnos todos los días con los mismos rostros. La evolución ha hecho que el grado de felicidad esté determinado, entre otras cosas, por el encuentro cotidiano con las personas que estimamos. De ahí que haya una necesidad por verlas con frecuencia y saber de sus vidas. Esto también ocurre en las series. Ahí seguimos personajes que por alguna razón han despertado nuestro interés. Cuando esto ocurre, uno se "engancha" con la serie". Simplemente no la podemos dejar. Los episodios necesarios para engancharse con una serie depende de factores culturales y ocurre en distintos momentos en cada país.

Otro factor que tiene que ver con nuestro interés por la series es que éstas despiertan emociones elementales. Una de las mejores series, The Killing, la estadunidense, (la original danesa no la he visto) mantiene la atención del público por la necesidad que tenemos los humanos de que se haga justicia. El asesinato de una jovencita en el primer capítulo mantiene el interés en la serie, pues debemos convencernos de que al final se hará justicia y aquel que lo hizo pagará por ello. Así funcionan todas las series y películas policíacas. No podemos dormir hasta tener la certeza de que se ha hecho justicia. Series como Sherlock o El Gran Hotel recurren a esta necesidad.

También las series que apuestan sobre todo a un público femenino, como Downton Abbey o Mr. Selfridge, apelan a una necesidad similar. En el universo femenino, justicia significa también que el amor es la recompensa de quien ha luchado por ello con los instrumentos permitidos, como la sinceridad del verdadero amor, la legítima belleza, la honestidad del sentimiento. Así que la tensión se mantiene por el deseo de que la protagonista o protagonistas alcancen la felicidad, que en justicia se merecen. Lo importante es que la receta implique verdaderos riesgos para el amor, como la oposición de los padres, las rivales, las diferencias sociales, etc. A ello las series agregan diálogos inteligentes, la belleza de la imagen y la trama bien construida.

Otro elemento que contribuye al éxito de las series es que éstas con frecuencia abordan temas que enriquecen la vida del espectador, pues le transmiten conocimientos históricos o sociales. Series como Los Borgia, Masters of Sex, o Call the midwife, aunque no refieren fielmente hechos ocurridos, sí ofrecen la posibilidad de enterarse de situaciones históricas desconocidas para el gran público. Algo similar puede decirse de House of cards respecto a la alta política estadunidense. Estos tres elementos permiten que el lenguaje visual y verbal construido por las series se vuelva universal, pues apela a lo que todo ser humano, independientemente de su cultura, alberga en su inventario psicológico.

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