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Miércoles , 17.10.2018 / 12:27 Hoy

Columna de Laura Ibarra

¿Por qué murió César Ulises?

Laura Ibarra

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El 28 de marzo se dieron conocer los resultados de una investigación sobre la muerte del joven César Ulises Arellano, estudiante del segundo semestre de Medicina en la UdeG, quien había sido reportado como desaparecido. La última vez que se le vio fue al salir del hospital del IMSS, en Tala. Su nombre se agregó al de los tres jóvenes estudiantes del CAAV desaparecidos, que aún son objeto del reclamo social a las autoridades para que sean presentados con vida.

Pero, el suicidio de César Ulises, al no confirmar los temores que suponían una desaparición forzada de la delincuencia organizada o de las fuerzas públicas, pasó muy rápido al olvido en la opinión pública. Existen indicios y pruebas de que él mismo se arrancó la vida. Las cámaras de la policía mostraron que el joven tomó el Macrobús en una estación en la Calzada, se bajó varias veces y volvió a abordarlo, y finalmente se dirigió a la barranca de Huentitán. Después ya no se supo de él, hasta que fue encontrado suspendido en un árbol en una zona de difícil acceso.

Claro que lo más fácil es pensar que esta reconstrucción es falsa y que la Fiscalía volvió a hacer una investigación malhecha para no meterse en problemas. A fin de cuentas, casi todas las investigaciones que se hacen en México no siguen “el debido proceso”. Producto de nuestra historia de engaños, el sospechosísimo es parte de nuestra médula.

Pero, existen muchos motivos para pensar que César Ulises efectivamente se quitó la vida. Dejó una nota de despedida en la que decía que buscaba el “descanso definitivo” y lamentaba no poder ser feliz debido a que “no soy como los demás”. Pero, en realidad el motivo de la reflexión no es establecer si fue suicidio o no. Sino la homofobia de la que fue víctima y que, luego de su muerte, encontró expresión en las redes sociales.

Los tuits tematizaron su homosexualidad. Algunos muchachos revelaron que habían tenido o tenían una relación emocional con él. Incluso publicaron fotos. En los círculos de quienes lo conocían se repetía que recientemente había salido del closet y que era víctima del bullying.

Podemos asumir, con buenas razones, que el rechazo a su preferencia sexual, el miedo y la depresión jugaron un papel crucial en su decisión. La historia que vino después es la que resulta increíble.

Después de su muerte circularon mensajes homofóbicos en las redes sociales. Aquí le presento dos de muestra, para que vea a lo que me estoy refiriendo:

“Ese wey iba conmigo en la universidad. Era gay y acababa de salir del clóset. Mucha gente le hacía bullying y la verdad es que celebro que se haya suicidado. Un maldito homosexual menos en mi México querido.”

“Pues como no va a atentar. Si era adicto a la verga, le tomó demasiada pasión a una y se suicidó por ella”.

¿No le parece que esto es ir más allá del respeto que nos debemos unos a otros indispensable para que esta sociedad funcione? ¿No ponen en evidencia a una sociedad homofóbica en pleno siglo XXI?

La homofobia en Guadalajara es una realidad, al igual que la discriminación a las mujeres, a las personas de capacidades diferentes, a los adultos mayores y a los indígenas. El sistema educativo no sólo ha fallado por su incapacidad de enseñar contenidos básicos, sino también porque no ha podido implementar métodos de enseñanza que inculquen la tolerancia, el respeto y la civilidad, necesarios para la sobrevivencia de toda sociedad. “Ser educado” en tiempos pasados significaba tener un trato amable con los demás.

El odio y la agresividad que reflejan los tuits han alcanzado niveles preocupantes. Desde el anonimato, se formulan los peores ataques escritos, se revelan las verdaderas emociones. La intolerancia y las provocaciones aparecen con su inquietante desnudez. Sus autores no buscan el diálogo, no argumentan, no discuten, no construyen, simplemente agreden.

No tiene sentido que nos festejemos como una sociedad que promueve el progreso tecnológico, fascinada por la robótica y los adelantos en las apps, cuando no nos hemos percatado de los aires de liberalidad que desde hace décadas recorren el mundo (a Guadalajara todo llega cien años después).

En pleno siglo XXI, burlarse (“bulear” dicen los jóvenes) de las personas que prefieren vivir su sexualidad con personas de su mismo sexo, no habla de una sociedad que haya asimilado los valores de la modernidad.

En el campus de Ciencias Sociales de la UdeG, se pueden observar a las parejas de estudiantes homosexuales transitar cotidianamente. Ahí caminan tomados de la mano y en ocasiones expresan sus sentimientos, sin la preocupación de que puedan salir apedreados. Pero me pregunto qué pasará cuando salen del campus. Seguramente, como lo muestra el tuit citado, hay gente que los prefiere muertos.

Nota: Por cierto, ¿ya se enteró que el costo de las próximas elecciones será de 28 mil millones de pesos? Según la Revista Animal Político, para el INE serán 17 mil millones, para el Tribunal Electoral del Poder judicial cerca de 4 mil millones y para los partidos cerca de 7 mil millones. Lo que más duele es la falta de un candidato que logre convencer a la mayoría, es decir, que tenga más del 50% de la intención de voto. ¡Uff!

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