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Domingo , 16.12.2018 / 09:25 Hoy

Columna de Laura Ibarra

¿Por qué los jóvenes van a votar por López Obrador?

Laura Ibarra

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Desde luego que la respuesta inmediata sería que los adolescentes tienen una inclinación propia de su edad para oponerse al llamado establishment. ¿Quién a los veinte años no cuestiona el orden establecido? ¿Y no es AMLO el candidato que encarna de mejor manera este cuestionamiento? Pero, existen otras razones que explican por qué un joven piensa darle su voto a un hombre de casi 65 años, cuya visión de futuro se parece a lo que tuvimos en los años setenta. Hay que recordar que el candidato puntero domina en todos los grupos de edad, pero su mayor fuerza está en los votantes entre 18 y 37 años.

Así que permítame explicarle. Uriel tiene 22 años y estudia en una universidad pública. Entre los objetos que Omar considera imprescindibles se encuentran un teléfono inteligente, una tableta, una laptop y, claro, poder pagar los servicios mensuales que conlleva el funcionamiento de los aparatos.

A Uriel le gusta vestirse con los pantalones de mezclilla que lo igualen a los demás adolescentes, pero sus camisetas deben mostrar su individualidad. Así que éstas no son nada baratas. Los tenis negros que usa tienen un costo de 1,099 pesos. Además, se pinta el pelo cada cuatro meses y se hace un llamativo corte. Siga sumando costos.

Como a todos los jóvenes de su edad, le gusta divertirse, ir al antro con los amigos o con su novia. Sabe que, si no se ve bien, no lo dejarán entrar al antro de moda. Las bebidas tampoco son baratas y menos cuando la noche se alarga.

Entre sus deberes juveniles se encuentra asistir a los conciertos de sus bandas favoritas. ¿Sabe Usted cuánto costó un asiento en las zonas más caras para escuchar a Alejandra Guzmán y Gloria Trevi en el Telmex? Sí, entre 2,500 y 4,000 pesos. ¡Uff!

Claro, Uriel, como todos los chicos de su edad, quiere hacer vacaciones al final de cada semestre. Un buen hotel en la playa, con una alberca que permita olvidar a todos los maestros exigentes es su primera opción. Y ni modo de ir sólo. Además, imposible presumir en el “face” un hotel corriente.

Uriel pronto dejará la Universidad, así que piensa comprar un coche, aunque sea un compacto que le permita llegar a tiempo a su primer trabajo.

A corto plazo, aparece la necesidad de independizarse de sus padres. ¿Un depa compartido? En el horizonte a mediano plazo, surge también la posibilidad de comprar uno. Al fin y al cabo, la publicidad de un banco muestra que esto es tan fácil como comprar un café o continuar viendo un capítulo de la serie favorita.

Uriel va todas las noches al gimnasio. Así que requiere de tenis de marca, camisetas que dejen ver sus músculos, y, claro, pagar la mensualidad.

Los gastos de Uriel incluyen además la frecuente comida rápida, el cafecito, el Netflix, las memorias para la compu, las entradas al cine y algún suéter en el invierno.

Su visión del mundo lo convierte en un ciudadano globalizado, con un nivel de aspiraciones muy alto. En pocas palabras “quiere todo”. Uriel es un joven de clase media, pero, en capas sociales de menores ingresos el nivel de aspiración es semejante. La diferencia fundamental es que los jóvenes de familias modestas añaden a sus aspiraciones el ingreso a la universidad y se topan con su nombre en la lista de rechazados de las universidades públicas. Así que los jóvenes más humildes deben agregar a sus gastos las colegiaturas de las universidades privadas. ¡Uff y recontra uff!

Hace un año, Uriel decidió trabajar. A pesar de que en un año terminará sus estudios, solamente consiguió empleo en un call center. El sueldo es de 5 mil pesos.

Sabe que cuando termine sus estudios será bastante difícil encontrar un empleo que le permita ganar más de diez mil pesos. No tiene experiencia y su perfil de estudios está lejos de encontrarse entre los más demandados. A su alrededor las oportunidades de trabajo se reducen a empleos no calificados con sueldos entre cuatro y seis mil pesos. Uff. ¿Y los sueños? ¿Y sus ganas por mejorar el nivel de vida?

Como podrá darse cuenta, la generación de los millennials enfrenta todos los días un presente y un futuro bastante grises. Por ello, prefieren seguir ciegamente a quien ofrece todo lo imaginable: A los ninis becas de dos mil 400 pesos. A todos los rechazados de las universidades “un proyecto educativo emergente”. A los tres millones que estudian se les inscribirá en “un programa de empleo, en que recibirán un equivalente a 1.5 salarios mínimos.”

A los estudiantes de nivel medio superior se les dará una beca mensual equivalente a medio salario mínimo. Y por si fuera poco “ningún joven será rechazado al ingresar a las escuelas preparatorias y universidades públicas”.

Quienes somos un poco mayores sabemos que esto no es posible sin aumentar los impuestos o la deuda pública, (que pagarán nuevas generaciones). En seis años veremos en dónde estarán estos votantes. Pero, me temo, que la ira y el sentimiento de los años perdidos no desaparecerán.

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