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Jueves , 16.08.2018 / 23:30 Hoy

Columna de Laura Ibarra

Nuestros ríos: sólo aguas tóxicas y hediondas

Laura Ibarra

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Hace diez años murió Miguel Ángel, el niño que cayó a la peor de las cloacas.

Existe un pequeño poblado cerca de la carretera a Chapala, a pocos kilómetros de La Calera, llamado El Capulín. Quien transita en automóvil por ahí no puede ignorar el olor a putrefacción de un río que pasa por el lugar. La pregunta es inevitable ¿cómo pueden los vecinos aguantar el hedor a químicos y putrefacción todo el tiempo? En verano, con el calor, la situación es terrible. Creo que la titular de la Semadet y de su correspondiente a nivel federal deberían venir a acampar por estos rumbos una sola noche para entender cabalmente el infierno del que le estoy escribiendo. Después de pasar unos minutos de exposición a la brisa tóxica, uno empieza a sentirse enfermo con el nauseabundo olor del agua contaminada.

Este arroyo seguramente comparte el nivel de toxicidad de las aguas del río Santiago, uno de los más contaminados de América Latina. En tan sólo unas cuantas décadas el río Santiago, uno de los más caudalosos del país, se ha convertido en una cloaca. “Desastre ambiental”, “ecocidio” o “contaminación del agua” son palabras que no alcanzan a describir lo que ahí está ocurriendo.

Más de 400 fábricas instaladas a lo largo del río Santiago arrojan diariamente residuos altamente contaminantes. El Instituto Mexicano de Tecnología del Agua ha documentado más de 1,090 sustancias toxicas, metales, químicos y otros contaminantes. Entre ellos se encuentra compuestos orgánicos semi-volátiles y volátiles, “ftalatos (disruptores endocrinos), feoles (compuestos que afectan el desarrollo neuronal), tolueno (neurotóxicos) y retardantes de flama (cancerígenos). A ello se agrega la descarga de aguas negras de varios municipios de la zona metropolitana.

Según Greenpeace, las industrias que más descargan metales pesados y cianuro al río son las químicas, cervecerías, de alimentos procesados y electrónicas.

En 2013, el gobierno inauguró en El Salto una millonaria planta tratadora en el río, pero sólo limpia parte de los fosfatos (detergentes) y nitratos (desechos de aguas negras).

Si Usted está pensando que esto sólo afecta a los vecinos de El Salto permítame recordarle que el 60 por ciento del agua que se distribuye en Guadalajara y municipios conurbados proviene del lago de Chapala.

Según investigadores de la Universidad de Guadalajara, las aguas del lago más grande del país, contiene metales pesados, coliformes fecales, así como una excesiva concentración de compuestos tóxicos. Aunque es difícil probar plenamente una relación causal, muchos médicos sospechan que el aumento de los casos de insuficiencia renal en niños y jóvenes pudiera estar relacionado con el agua que estamos consumiendo.

Hace un par de semanas pobladores de diferentes comunidades de la cuenca del Río Lerma-Santiago-Chapala, demandaron al Congreso del Estado intervenir para que se dinamicen acciones de combate a la contaminación en la zona.

El problema esencial de esta cuestión es la perspectiva que comparten empresas y gobierno que justifica el vertedero de sustancias tóxicas con el bienestar que el crecimiento económico puede generar. Se piensa que la contaminación de los ríos es un mal necesario y que, a cambio de vivienda y trabajo, se puede tolerar la contaminación. Ante la omisión y la negligencia de los gobiernos en los tres niveles, las empresas arrojan sus desechos como si se tratara de una vía natural para deshacerse de ellos. Al fin y al cabo, -piensan- se han establecido ahí, por las ventajas que les han ofrecido, y éstas incluyen la falta de controles ambientales.

¿Seguiremos los jaliscienses volteando a ver hacia otro lado y aguantando esta situación?

¡No se vale!

Tomas de Híjar es un sacerdote que ha hecho mucho por la cultura de esta metrópoli. El 14 de febrero de este año recibió el Premio “Ciudad de Guadalajara”, por su trayectoria como cronista. En sus palabras de agradecimiento dijo: “Solicito de la manera más atenta, que el edificio construido hace más de medio siglo por el arquitecto Eduardo Ibáñez Valencia para sede el Registro Civil de la ciudad, no se venda, ni se destine a la picota, ni a la construcción de departamentos, sino que se rescate e integre al parque que desde el principio se dedicó a la memoria de Fray Antonio Alcalde”. ¿Pues sabe qué? Esta semana el Ayuntamiento ¡lo vendió!

Y si esto fuera poco, lo vendió junto con un edificio de su propiedad que se encuentra en Marsella y Morelos a una cuadra de Chapultepec, cuyo precio fue de ¡Seis millones!

La síndica, Barbara Casillas, para defenderse de que lo malbarató, explicó que en “realidad a las arcas municipales sólo entrarán un millón y medio de pesos, el resto será “pago en especie”. ¡Uff, uff, uff!


P.D. Como muchísimos tapatíos, hoy seguiré la transmisión de la entrega del Oscar con ese interés que nos contagió hace unas semanas. Nuestro paisano, el chico raro obsesionado con los monstruos, compite con su hermosa película por varios premios Oscar. Ojalá que todos esos espíritus que habitan en el interior de sus extraños seres fílmicos se conjuren para que “nuestro gordo” obtenga el mayor número de estatuillas posible.

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