• Regístrate
Estás leyendo: Los partidos y la infructuosa búsqueda del menos peor
Comparte esta noticia

Columna de Laura Ibarra

Los partidos y la infructuosa búsqueda del menos peor

Laura Ibarra

Publicidad
Publicidad

Cada elección refleja los adelantos y los problemas que registra nuestra democracia. Se vuelve evidente que se trata de un largo camino en el que no sólo se avanza, sino que también existen retrocesos y estancamientos.

Una situación que no registra progreso alguno es la democracia al interior de los partidos. Ninguno de los candidatos que hoy se disputan la presidencia se convirtió en candidato a través de un proceso interno realmente democrático. Prácticas como la designación arbitraria, las alianzas cupulares, los padrinazgos, el juego sucio, la compra de voluntades son las normas que los regulan.

A la pregunta, ¿Cómo se elige a los candidatos al interior de los partidos?, la única respuesta es un procedimiento cuestionable y vergonzoso. En ocasiones se trata de una simulación en que los miembros de los partidos dicen votar libremente por su candidato, cuando en realidad éste ha recurrido a las formas más primitivas de las prácticas clientelares. Se trata de un sencillo intercambio: Tú votas por mí y cuando gane te retribuiré de alguna forma tu voto.

La falta de democracia al interior de los partidos tiene efectos más nefastos de lo que a simple vista parece. Uno de ellos es que la “gente decente”, por decirlo rápido, se mantiene alejada de la política. Es muy poca la “gente de bien” que se siente atraída por una carrera política, pues nadie ignora que allá dentro le esperan estándares éticos que le pueden resultar inaceptables.

De seguro conoce políticos que han tenido la capacidad de mantenerse limpios, pero tendrá que reconocer que son la minoría.
En México, los partidos tienden a asumir una estructura bastante piramidal. Generalmente una figura poderosa al interior del partido logra hacerse de un poder mayor, que le permite otorgar candidaturas a cambio de lealtades. Sin democracia interna, no hay un poder que se le oponga, a menos que un día ya no haya nada que repartir.

De este modo, la dinámica de los partidos asume una estructura más parecida a la de una familia patriarcal que a la de una institución democrática. La película El Padrino resulta más aleccionadora que cualquier tratado sobre democracia mexicana.

La existencia de grupos corresponde a la lógica de los partidos. Esto ocurre en todas partes. Pero también en todas partes el lugar en que se resuelven sus rivalidades responde a reglas democráticas en que participan individuos autónomos. Esto evita que el partido se fraccione. Las llamadas “bases de los partidos” la constituyen personas que coinciden con ciertas ideas y buscan participar legítimamente en la estructura del poder político. El problema reside en que aquí la lógica interna partidista no ofrece un acceso al poder basado en el juego limpio.

Pero, precisamente es la falta de democracia al interior de los partidos lo que está dictando su propia sentencia de muerte.

El PAN era un partido que abanderó por años los principios democráticos. Los asumió de tal manera que los hizo su razón de ser. Pero, como de doctrina no se vive, los panistas terminaron mimetizándose con su eterno contrincante. Aprendieron muy rápido a manejar los hilos sucios del poder y terminaron totalmente devastados y desprestigiados.

El PRI nunca ha tenido en su ADN el gen de la democracia. Lo suyo no son las elecciones internas. Cada vez que ha intentado hacerlo, ha caído en simulaciones fácilmente percibidas como tales por la opinión pública. El poder del presidente en turno es incuestionable, los candidatos los elige él conforme a diversos intereses.

Anteriormente el PRD y después Morena presumieron un método de elección interna basado en encuestas, que supuestamente definían al “candidato más posicionado”. Claro que nunca nadie se enteró de quién y cómo se realizó tal encuesta.

Morena se ha desarrollado a partir de la voluntad de un sólo hombre. Como muchos politólogos han insistido, todo parece indicar que el electorado mexicano le entregará un enorme poder a un partido del que no sabemos nada. Su líder en algunos momentos asegura que respetará la democracia en México, pero nada dice de las reglas al interior de su partido. Nadie puede decir en estos momentos que no existe el riesgo de que Morena se convierta en un nuevo PRI.

Y ¿por qué le escribo todo esto? Pues, porque el juego interno de los partidos es en parte responsable de que en la elección presidencial no encontremos un estadista serio, congruente y que no sea un atentado a nuestra inteligencia. No veo por ningún lado un candidato capaz de desarrollar políticas públicas que conduzcan a esta nave a un futuro realmente mejor. Promesas fáciles, recetas simplistas, biográficas cuestionables, candidaturas con poca legitimidad, retórica barata, campañas sucias, discursos contradictorios. Así, ¿cómo?

En la oscuridad más absoluta, muchos buscamos al menos peor.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.