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Sábado , 23.06.2018 / 17:52 Hoy

Columna de Laura Ibarra

Los artistas jaliscienses y nuestra ingratitud

Laura Ibarra

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Mientras todas las ciudades de este mundo se empeñan en inaugurar museos que expongan las obras de sus artistas más reconocidos, nosotros, los habitantes de la Perla Tapatía, los escondemos, los olvidamos o de plano encerramos sus obras para que nadie las vea. Los tapatíos, en lugar de rescatar los edificios históricos (los poquitos que nos quedan, porque ya destruimos cuanta piedra tenía algo de “histórica”), los convertimos en oficinas para funcionarios, los hacemos bodegas o les damos un muy mal uso. Sí, ya sé que muchos de nuestros artistas solamente nacieron aquí o vivieron por poco tiempo, pero casi todas las ciudades presumen también este tipo de maternidades. En Alemania, por ejemplo, hay varias ciudades que cuentan con un “Museo Goethe”, entre ellos destaca su casa natal en Fráncfort, o sus dos casa-museo en Weimar. ¡Y qué bueno que sea así!

Pero en Guadalajara. ¡Nada! Aquí la política cultural ha sido hasta ahora una serie de desaciertos, pues, por un lado, los edificios culturales están vacíos o se dedican a otros usos y, por otro, los artistas, pasados y presentes, no cuentan con espacios para exponer. Lo mismo ocurre con los teatros. Los rentamos para actos que tienen muy poco que ver con la cultura, -como dar diplomas a los graduados de la academia Tucita-, mientras que los grupos de teatro en la ciudad no encuentran espacios para presentarse.

Bueno, con el pretexto de presentar los resultados de la trivia de la semana pasada en esta columna quisiera referir algunos datos de los artistas a los que, a mi juicio, debíamos dedicar algún espacio museográfico.

Primero, una gran cantante. Lucha Reyes nació en la calle de Ángulo, atrás del Parque Morelos. Fue la iniciadora del estilo “ranchero” de cantar. Cuando se encontraba de gira por Alemania, como integrante del Cuarteto Anáhuac, se pescó una fuerte infección en la garganta, que hizo que su voz se volviera más rasposa y desgarrada. Un año después, como solista, empezó a triunfar. En sus presentaciones tomaba muchos tragos de tequila.

Aunque no era muy bella, fue invitada a participar en muchas películas. Actuó al lado de Jorge Negrete, Dolores del Río, Emilio Fernández, etc. Lucha padecía de fuertes depresiones y era adicta al alcohol. Un día envió a su hija a la farmacia a comprar barbitúricos, y de las 40 pastillas que contenía el paquete tomó 25. Aunque todavía se le encontró con vida, Lucha Reyes murió a los 38 años.

Creo que sería importante, de menos, colocar una placa conmemorativa en la casa en que nació, y dedicarle un pequeño museo en la ciudad. Bien se podría incluir en el pomposo proyecto de Ciudad Creativa Digital o utilizar para ello alguno de los baldíos que quedaron por la zona del Parque Morelos (ahí nació Lucha). También podría pensarse en rescatar la enorme cantidad de compositores jaliscienses, que están cayendo en el olvido, y hacer un museo dedicado a la música jalisciense. Sobre todo, ahora que la música de banda nos está quitando el lugar que alguna vez tuvo el mariachi como elemento de la identidad nacional.

Otros artistas que bien merecen un museo son Chucho Reyes y Juan Soriano. Los dos se fueron de Guadalajara, no sólo porque la Ciudad de México ofrecía mejores oportunidades para el desarrollo artístico, sino también por el rechazo terrible que existió en el pasado a los homosexuales. A Chucho Reyes lo acusó el papá de uno sus amigos de haberlo “incitado al mal”. Le propinaron una golpiza feroz, lo enchapopotaron, lo emplumaron y le rompieron los dos brazos. Así que prefirió irse para siempre a la Ciudad de México. Chucho Reyes hizo muchas obras con papel de China, que era el que utilizaba para envolver piezas en el negocio de antigüedades que heredó de su padre.

Cuando Marc Chagall vino a México, Reyes Ferreira lo visitó en el escenario de Bellas Artes para obsequiarle algunas de sus obras. El pintor ruso las extendió y las observó con cuidado. Y luego le dijo: “Tú eres el Chagall mexicano”, pues en efecto ambos comparten ciertas características estilísticas. En la Ciudad de México, Chucho Reyes fue asesor de Luis Barragán, sobre todo en lo que tenía que ver con los colores.

Juan Soriano fue otro de los grandes expulsados de esta tierra. Juan se fue primero a la Ciudad de México y luego a París, donde trabó amistad con Julio Cortázar y Milan Kundera. Un día conoció a Marek Keller. A partir de entonces, su vida cambió, fue como su segundo nacimiento. En referencia a ese momento decía: “Nada suple al amor, nada, no hay nada, ni el éxito, ni el dinero, nada.”

Después de la muerte de Soriano, Marek hizo todo posible por exhibir algunas de las obras de Soriano de gran formato en un bello parque a las afueras de Varsovia.

Sobre su ciudad natal, Soriano afirmaba: “Yo no cambiaría una hora, un minuto de los más significativos de mi infancia por nada en el mundo… Después de unos quince años en Guadalajara, no me ha sucedido nada más importante.”

Hace algunos años se intentó rescatar la Casa de la Cultura que se encuentra por el rumbo del Parque Agua Azul y hacer ahí inicialmente una galería dedicada a Soriano, pero desconozco qué ocurrió con el proyecto.

Los ganadores de la trivia fueron Miguel Zárate, Rosa María Calderón y Vanessa Gutiérrez. ¡Felicidades!

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