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Columna de Laura Ibarra

La vida en medio de un congestionamiento

Laura Ibarra

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La calle está llena de autos, el semáforo en rojo y sólo quedan minutos para llegar a tiempo. Con un poco de suerte podríamos llegar, pero el tráfico de la ciudad ya no es lo que era. Sólo nos queda resignarnos. Ese tráfico lento e insoportable llegó para quedarse ante autoridades que parece se empeñan en que las cosas empeoren.

Como toda situación que involucra el espíritu humano, la psicología se ha dedicado a estudiar esta situación. Lo primero que llama la atención a los investigadores de la conducta es la voluntad férrea con la que defendemos el uso del coche. Nadie utiliza el automóvil realmente como medio de transporte, son otras las necesidades que los vehículos motorizados satisfacen. Hay quien piensa que el automóvil es el útero moderno que nos transporta de forma cálida y segura, como alguna vez lo hicimos en el útero materno, por lo que satisface una muy primitiva necesidad o reactiva una antigua sensación placentera (Embarazadas, vayan preparando el cobro de Bienevales para tiempos posparto).

En medio de una rutina que nos ofrece poco margen para ejercer nuestra libertad, conducir un auto se convierte en una de las mayores libertades. Todo conductor puede decidir en qué momento partir, cuál música desea escuchar, a qué volumen, a dónde llegar y sobre todo, quién lo acompaña. (Bueno, si no tiene una suegra que lo designó su chofer).

Pero, desde la perspectiva psicológica, conducir un automóvil es un trabajo bastante duro. El conductor debe elaborar numerosa información para construir una imagen mental de la situación y en milésimas de segundo tomar decisiones. Por ello conducir puede ser bastante estresante.

Lo que ocurre a un sujeto en medio de un embotellamiento es un fenómeno psicológico muy particular, en que la represión juega un papel importante. Cuando las personas se suben al auto piensan, como en el caso de las enfermedades graves, que el congestionamiento no le afectara, imagina que sólo los demás serán sus víctimas. (Claro, uno siempre es el héroe o la heroína de su propia vida).

Cuando el conductor se encuentra atrapado en la interminable fila de autos, por general no va preparado. No tiene suficiente líquido para beber, ni suficientes golosinas. Tampoco lleva nada que pueda entretener a los niños en el asiento trasero. (¿Dónde diablos quedó el conejo de peluche o de perdida la tablet?).

Si lleva prisa, el trayecto se convertirá en una experiencia bastante frustrante. Cuando hay un tráfico abundante, no es raro que los conductores griten y gesticulen. Algunos insultan solamente para expulsar su frustración, pero no tienen la intención de ser escuchados. (“Idiota, ¿qué no sabes manejar?”). Otros, irresponsablemente se acercan al coche que tienen por delante para obligarlo a apretar el acelerador. La frustración pasa entonces de frustración a violencia y el conductor se siente dispuesto a romper las reglas.

Esta situación se ve acentuada por el sentimiento de que vamos dentro de un caparazón de metal que nos protege y oculta. Uno va en camino de forma anónima como una feliz tortuga. Esto explica por qué, a pesar de las conductas agresivas en el tráfico, estas por lo general no tienen consecuencias.

Los psicólogos insisten en que hay que enseñar a los conductores a manejar sus sentimientos. Hay que adaptarse a la situación, pues, si solamente se espera avanzar, la situación se vuelve insoportable. Recomiendan escuchar la música favorita o un audio libro (yo he decidido aprender francés con audiolibros. Claro que, con el tráfico tapatío, al rato me verá hablando ruso).

A pesar de la frustración, cuando el congestionamiento convierte la calle o carretera en estacionamiento por varias horas, los automovilistas rara vez dirigen su agresividad hacia los demás. Esto tiene que ver con el hecho de uno sabe que el otro no tiene la culpa de la situación. En algunos casos, cuando el congestionamiento se prolonga por algunas horas, los conductores pueden tener el sentimiento de que se trata de una comunidad de sufrientes y empezar a relacionarse de forma solidaria (amor a la vista).

Muchos congestionamientos se deben a la psicología misma del conductor, que siempre está convencido que conduce por el carril más lento y que debe cambiarlo, lo que obliga a los conductores que vienen detrás a reducir la velocidad.

Otra causa importante de congestionamiento son los “curiosos”, conductores que, ante un accidente, reducen la velocidad para enterarse de lo que ocurrió. “Sensation seeking” lo llaman los expertos. No existe una sola razón que explique por qué echamos una mirada a los accidentes. Puede tratarse de la simple atracción por situaciones emocionantes, por enterarse si uno mismo está en peligro, por una disposición a ofrecer ayuda o por tener posteriormente algo interesante que contar o mostrar en la pantalla del celular.

Al llegar el destino, la experiencia frustrante encuentra un fin y un olvido. Sin duda a ello apuesta el “señor de vialidad”, que ha decidido hacernos la vida imposible. Habrá que ver qué sucede con los colapsos viales que nos esperan.

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