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Domingo , 23.09.2018 / 06:13 Hoy

La irrealidad de Meade

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En los últimos días se ha insistido en que la campaña de José Antonio Meade no levanta y que se está pensando en su posible reemplazo. Entre las causas que se mencionan se encuentra el desaliento de los priistas al verse obligados a apoyar a alguien que no proviene de las filas de su partido y que no conoce la estructura y las tradiciones partidarias.

Indudablemente que Meade es un candidato fuera de norma, proviene de los gobiernos del PAN y su perfil lo ubica en el rubro que los políticos designan despectivamente como “tecnócrata” (sí, suena feo). Estudió economía en el ITAM y Derecho en la UNAM y obtuvo el doctorado en Economía por la Universidad de Yale.

Ha sido la cabeza de cuatro secretarías de Estado. En realidad, no es poca cosa, aunque gobernar y ganar elecciones no es lo suyo.

Imaginó que si le preguntan por los libros que han marcado su vida se encuentran textos de finanzas públicas, la autobiografía de Keynes y alguna historia económica que a la mayoría de los mortales nos produciría un contundente efecto somnoliento.

No es la primera vez que el PRI apuesta por un perfil tecnócrata y no político como candidato a la presidencia de la República. Ernesto Zedillo tampoco gozaba del amor de las filas priistas, era un doctor en economía con carrera en la función pública.

Pepe Meade, como lo presenta la campaña, no es un tipo desagradable ni antipático. En realidad, su perfil es atractivo para esa clase media y media alta que no quiere ver a López Obrador en la Presidencia. Su imagen bien es la del compañero de oficina (a nivel ejecutivo, claro), con quien los demás oficinistas de traje se pueden tomar una cerveza.

Lo que afecta sus posibilidades de ocupar la presidencia es todo lo que representa. Dicho de manera lapidaria: El problema no es Meade, sino el partido que lo postula. Sí, ese partido que guardó silencio ante los escándalos mayúsculos de corrupción, sobre todo los saqueos de los gobernadores. Los niveles de corrupción e impunidad alcanzaron tal grado que ahora el electorado muestra un rechazo frontal a todo lo que lleve los colores priistas. Por ello, cuando Meade habla de combate a la corrupción tenemos la impresión de que está parado en el terreno de la irrealidad.

En la práctica, los problemas fundamentales del candidato del PRI son dos: El primero es cómo asumir un discurso que despierte emociones sin criticar al presidente, al gobierno o al partido. (¡Uff! Está en chino). ¿Cómo distanciarse del que le ofreció la oportunidad de su vida? ¿cómo hacer la más pequeña alusión de que algo estuvo mal en este sexenio presidencial? ¿cómo ganar credibilidad?

El segundo problema es un mal arranque de campaña. Hoy, cuando todo mundo se prepara ya para los tamales de la Candelaria en la radio todavía se sigue transmitiendo su mensaje de Año nuevo. En él nos pide que mantengamos el ánimo navideño por lo que resta del año. (¿No sería medio tonto ponerse a cantar “eeen nombre del cielo, os pido pasada…” en la piscina del hotel en las vacaciones de agosto? ¿Quién quiere comer buñuelos y ponche caliente en pleno verano?

¿Quién decidió la duración de ese mensaje en los medios? ¿Cómo presentarlo de esa manera?

El mal arranque de una campaña política puede tener consecuencias fatales. No estoy diciendo que sea definitivo, pero existen numerosos ejemplos de lo que ocurre cuando se empieza mal. Un riesgo es cuando el candidato, en los primeros momentos, ya es etiquetado como perdedor. (Me imagino que esa es la pesadilla de Miguel Castro).

En la reciente elección en Alemania, el candidato del Partido Socialdemócrata desde un inicio era visto como un sujeto que no tenía nada que hacer frente a la candidata conservadora, la canciller Angela Merkel. Ante un ánimo electoral que desde el primer momento lo vio en la lona, Martin Schulz nunca pudo levantarse.

Esto es seguramente lo que está viendo el presidente, por ello, está reforzando el equipo de campaña con cuanto personaje entiende de elecciones y ha mostrado cierta efectividad.

¿Qué puede ofrecer Meade que lo ayude a apuntalar su campaña? Las elecciones las gana quien puede crear un sentimiento generalizado de “nosotros”, y convence de que debe dirigirlo. Hasta ahora, ningún candidato ha logrado ofrecer un programa, un equipo o una personalidad que funcione como el polo en que coincidamos una gran parte del electorado. Todavía la mayoría de los mexicanos no quiere ser gobernada por el PRI, no quiere ser gobernada por López Obrador, ni tampoco por la alianza PAN-PRD. Así que el reto es para todos los candidatos. No hay una estrategia única e infalible, pero, el que quiera ganar tendrá que generar sentimientos e ideas comunes y convencernos de que él es el mejor para encarnarlos.

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