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Martes , 11.12.2018 / 16:53 Hoy

Columna de Laura Ibarra

Juego de Tronos en el Continente de Mexos

Laura Ibarra

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La lucha por ocupar el trono de hierro se convirtió en una guerra feroz. El Rey de Morern, el Rey de Atlantis y el Lord de las Manchas Blancas reclamaban el derecho a gobernar un reino en que las estaciones podían durar años. El largo invierno se acercaba y el corazón de todos los habitantes se ensombrecía, mientras sus reyes codiciaban la silla forjada con las espadas de los enemigos rendidos.

Al Rey de Morern lo seguía un ejército de Iluminatis, dispuestos a matar a quien se negara a ver la luz de la verdad que, afirmaban, emitía el Septón Supremo. Le ofrecían a sus hijos para que los curara y en ocasiones se consolaban con pasar su mano por la tela de la tienda en que acampaba. El séquito del Rey de Morern incluía a los Caballeros de las Sombras y de los Hielos, hombres corruptos que se habían acercado al Incorruptible para huir de la justicia. Entre ellos se encontraba la adinerada y malvada reina Elba Gor, Señora Maestri, una sacerdotisa muy poderosa de extraños ojos irregulares. Durante años había preparado su venganza en contra de los señores que le arrebataron su inmenso poder. Al lado del Rey de Morern, la astuta y ambiciosa señora veía llegar la hora en que podría retomar su lujosa vida.

Cercano al Rey de Morern se encontraba también Lord Napo, Señor de todas las minas y caballero exiliado, quien despojó a sus súbditos del oro que les correspondía.

El Rey de Morern prometía con más fuerza que todos sus adversarios un nuevo periodo de prosperidad, pero muchos dudaban del nuevo profeta. Escépticos veían en él a un falso mesías, incapaz de pensar más allá de lo escrito en las antiguas Tablas.

El adversario más fuerte del Rey de Morern, era el Hombre del Pelo Rojo, Señor de Atlantis, Lord Ricardis, quién había logrado reunir dos reinos enfrentados durante siglos: El primero era la Guardia del País Amarillo, cuyo estandarte era un sol que prometía la llegada del paraíso a la izquierda del Gran Muro. El segundo reino era el de los hombres de la Isla Azul, quienes pretendían recuperar el trono que una vez les perteneció. Ricardis buscó tener el apoyo de los salvajes nómadas, pero ellos nunca olvidaron la traición que hizo a su princesa, Margarit- Zav.

Otro hombre poderoso, que también reclamaba el trono de los Siete reinos en el Continente de Mexos era el Caballero de las Manchas Blancas, Lord Nieve, señor proveniente de un reino malvado en que muchos hombres robaron las riquezas y huyeron a la tierra de los Dothraki, más allá de las inmensas aguas. Y aunque el Caballero de las Manchas Blancas no fue cómplice de los actos malvados que ocurrieron en su reino, no lograba la aceptación ni de sus súbditos ni de todos los demás pueblos.

Había también un nuevo jugador, el Rey del Norte, de la Casa del León Nuevo, a quien llamaban “el matarrateros”, pues ordenaba cortar las manos a los ladrones y dar azotes públicos a los corruptos. Pero, el matarrateros no contaba con ejército entrenado, ni provenía de una casa con suficiente poder.

En su despiadada lucha por el trono, estos poderosos señores convocaron a todas las fuerzas, las naturales y las sobrenaturales, a dioses y demonios, a la luz y a la oscuridad. No dudaron en recurrir a la traición, al chantaje y a la mentira. Ninguno de ellos venía del Origen, procedía del tiempo de los primeros hombres. Ninguno era legítimo, ni sabio, ni podía usar con inteligencia la espada de fierro.

La primera vez que sus ejércitos se enfrentaron fue en la Gran Batalla del Norte, en la Fosa de Mexos. No hubo vencedores ni vencidos. Todos los ejércitos se retiraron y declararon a su rey como triunfador. Con fuego festejaron una victoria que nunca existió. Así de ciegos eran.

La despiadada lucha por el trono los distraía de los verdaderos peligros que acechaban al Continente de Mexos. Más allá del Muro, el Rey de la Noche y Señor de los muertos, el peor de todos, el que no tenía palabra, avanzaba con su ejército, dispuesto a aniquilar el sur.

El Consejo de Sabios, de aquellos que no se habían dejado deslumbrar por mesías u hombres codiciosos, trataban desesperadamente de unir y conciliar a todos los pueblos, pero también ellos mismos se sentían amenazados por los Iluminati. La sabiduría de los primeros hombres, la voz del cuervo de tres ojos y los Árboles sagrados de los Hijos del bosque habían abandonado al Continente de Mexos, dominado en esos tiempos por la violencia y el fanatismo.

Todavía no nacía el hijo de Lord Stark, a quien en su tiempo todos creyeron bastardo, ni tampoco Daenerys, la madre de dragones. En esos tiempos no había un líder capaz de convencer a todos, ni un Lord comandante de la Guardia Real. Fueron tiempos de oscuridad.

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