• Regístrate
Estás leyendo: Iturbide y la ingratitud
Comparte esta noticia

Columna de Laura Ibarra

Iturbide y la ingratitud

Laura Ibarra

Publicidad
Publicidad

En México los héroes históricos son demasiado buenos y los malos realmente malos. Nuestra comprensión de la historia parece conocer sólo la luz y la oscuridad. Pero esta no es la única distorsión en nuestra comprensión del pasado. Lo que determina quién sube al podio de los héroes no es un análisis riguroso de lo sucedido; en muchas ocasiones se trata de interpretaciones erróneas o simplistas, o bien de los intereses de quienes deciden los contenidos de la historia oficial. Al PRI, por ejemplo, le ha interesado exaltar a los liberales del siglo XIX y presentarse como heredero de sus ideales. Casi todo priista se siente hijo ideológico de Juárez. El PAN, por su parte, muestra interés en mejorar el lugar en la historia de Francisco I. Madero, pues ve en sus ideales democráticos una de las fuentes que más tarde conformaron su ideario partidista.

Ante esta situación, algunos personajes de nuestra historia, con importantes méritos, son sumidos en el olvido. Tal es el caso de Agustín de Iturbide, un criollo pelirrojo nacido en Valladolid, hoy Morelia, quien consumó la Independencia de México y fue su primer emperador.

Si bien en las primeras etapas de la lucha independentista Iturbide combatió a los insurgentes, más adelante, después de cuatro años de retiro en su hacienda, se puso al frente del movimiento armado de Independencia. Desobedeciendo las órdenes del virrey que lo envió a combatir a Guerrero, le propuso a éste la unión de fuerzas para lograr el establecimiento de una patria libre. Sus acuerdos quedaron establecidos en el Plan de Iguala.

Entre los logros de Iturbide en esos años destaca la impresionante campaña que emprendió a través de cartas. Le escribió misivas a las diputaciones, a los militares y a todo a quien más pudo, para convencerlo de sumarse al movimiento. Con ello logró engrosar las filas de los independentistas y hacer innecesarias las batallas. En su encuentro con el mismo O´Donojú, el jefe político superior enviado por España en 1821, Iturbide lo persuadió de que la independencia era prácticamente un hecho y de que era mejor firmar los Tratados de Córdova, que hacían de Nueva España un nuevo país.

El 27 de septiembre de 1821, fecha que muchos historiadores reconocen como “el día más feliz de la historia”, Iturbide entró al frente del ejército trigarante por la calle de Madero de la Ciudad de México.

Hasta entonces fue un héroe indiscutible, amado por todos. Su error fue haber aceptado el nombramiento de emperador. Pero hay que entender las condiciones históricas en que esto ocurrió. Los Tratados de Córdova preveían que la corona española enviaría algún infante a gobernar sobre el nuevo reino, si esto no ocurría, un criollo podría ser nombrado emperador. Como España se negó a reconocer la independencia de México, la puerta para instaurar una dinastía real en México se abrió. El Congreso, presionado o no por la muchedumbre, votó unánimemente el nombramiento de Iturbide como emperador.

Al contrario de lo que muchos piensan, la ceremonia de coronación fue muy austera. Los candelabros fueron préstamo de un convento y las joyas de la corona fueron tomadas ese día del Monte de Piedad y devueltas más tarde. Después de la proclamación del imperio, la relación entre el Congreso y el Ejecutivo se convirtió en una rivalidad muy destructiva, ambos reclamaban ser el verdadero depositario de la soberanía de la nación. El Congreso se dedicó a realizar actividades propias del gobierno, y no avanzó en nada en aquello que se esperaba hiciera: la redacción de una nueva constitución. Los diputados no presentaron ni un solo artículo para su discusión. A las sesiones no asistía ni la mitad de ellos. Además, los grupos organizados a través de las logias masónicas empezaron a conspirar contra el imperio. Iturbide decidió entonces disolver el Congreso.

Un impopular aumento de impuestos, debido a la miseria en que se encontraban las finanzas públicas, debilitó el respaldo popular y de las élites al gobierno. En un intento por mejorar la aceptación del imperio, Iturbide reinstauró el Congreso, que luego, como venganza por lo ocurrido en el pasado, prácticamente lo obligó a abdicar. Iturbide pudo haberse resistido, pero, ante el riesgo de una guerra civil, prefirió abandonar el poder.

El 22 de mayo Iturbide junto con su familia zarpó de Veracruz. Como consumador de la independencia, era imposible encontrar refugio en España, o en otros países, cuyas casas reales estaban emparentadas con los borbones españoles, como Francia y algunas regiones de Italia. Iturbide se estableció en Liorna, Italia. Al partir de México no se llevó nada, y como emperador no se enriqueció, por lo que en la casa rural que habitaba, esperaba que le fuera enviada su pensión. Por presiones del Duque de Liorna, Itubide tuvo que abandonar su residencia y salir por mar rumbo a Londres.

Ahí se enteró de que México se encontraba en peligro de ser invadido por la Santa Alianza. Por lo que decidió regresar a México. El Congreso lo declaró entonces traidor a la patria y decretó que fuera ejecutado al pisar suelo mexicano. En Tamaulipas, Iturbide fue aprehendido y fusilado sin juicio. Su cadáver fue enterrado en una iglesia en ruinas y unos años más tarde trasladado a la Catedral.

En las festividades del Bicentenario, mientras los huesitos de los principales héroes de la independencia fueron recogidos del Ángel de la Independencia y exhibidos en unas urnas fúnebres de cristal en Palacio Nacional, (extraña forma de homenajear, diría yo), los restos de Iturbide se quedaron en la Capilla de San Felipe en la Catedral de México. Ahí donde nadie los pudiera ver. No me corresponde pulir la imagen de Iturbide, pero coincido con los historiadores que reclaman para él un mejor lugar en la historia, un acercamiento a su figura con mayor respeto y comprensión. Creo que sería también un acto de gratitud.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.