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Lunes , 22.10.2018 / 18:20 Hoy

Columna de Laura Ibarra

El momento ineludible de decir cómo

Laura Ibarra

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En su campaña López Obrador levantó una enorme esperanza en un pueblo que se aferra a creer. Sus propuestas destacaron por su simplicidad, todo mundo las entendió. Fue una triada sustentada en atacar a un enemigo –“la mafia en el poder”-, en priorizar a un grupo social –“primero los pobres”- y en culpar a la corrupción de todos los males del país. La lógica es simple, y como dice la canción de Chavela Vargas, “a las cosas simples se las lleva el viento”.

Como presidente electo, López Obrador, ante la enorme presión que representan 30 millones de votos, se encuentra ante el deber ineludible de ofrecer programas de políticas públicas que conviertan su oferta electoral en un instrumento práctico para cambiar la realidad. Pero, para diseñar estos instrumentos se requiere conocimientos, estudios, reflexiones, expertos y no sólo voluntad política.

En la búsqueda de darle a las promesas una base de realidad, las frases electorales pierden su magia y se convierten en otra cosa, a veces en lo opuesto de lo que originalmente propagaban. Permítame explicarle.

Una de las frases más repetidas en la campaña de Morena fue sin duda “Primero los Pobres”. ¿Quién podría oponerse a ello, si existen 50 millones de mexicanos en situación de pobreza? Pero, para que salgan de la pobreza se requiere de programas sociales que cuestan dinero. El presidente electo ha señalado que no subirá los impuestos ni aumentará la deuda pública. El dinero, dice, vendrá de los ahorros en el aparato gubernamental.

Esto implica que el gobierno gastará menos y que una buena cantidad de burócratas dejará su empleo. Nadie puede negar que en todos los niveles de gobierno gran parte del presupuesto se destina a salarios.
Las frases que repetían el ataque a la “mafia en el poder” y que aludían a la introducción de un modelo económico diferente al “neoliberalismo” se empiezan a evaporar más pronto de lo pensado.

De menos en las ciudades, la mejor vía para salir de la pobreza es el empleo. Llama la atención que, en esta campaña, a pesar de que le economía es la principal preocupación de los hogares mexicanos, el tema del crecimiento económico no jugó un papel protagónico. No estuvo en el centro de la agenda.

Pero, los que generan empleo son en parte esos que él llamó “mafia en el poder” y “minorías rapaces”. De modo, que ahora, después de la elección, la tal mafia en el discurso morenista parece haberse diluido en aire. Al primer grupo social que atendió, el primer acuerdo, el primer diálogo de López Obrador fue con el Consejo Coordinador Empresarial. Tal vez para calmarlos, tal vez para limar asperezas, pero, sobre todo, porque el presidente electo sabe bien que es imposible seguir con un discurso de confrontación, si no quiere que la economía del país emprenda el rumbo del decrecimiento. Pero, ¿cuál es su programa económico? ¿cómo va a fomentar la economía?

El tercer punto, y ese es el que todos esperamos, es el plan para combatir la corrupción. El punto medular de su campaña. Si bien es muy pronto para exigirle una estrategia seria, la insistencia de López Obrador en colocar el tema como el parámetro que medirá la eficacia de su gobierno hace que la expectativa se vuelve ya una exigencia nacional ¿Pero, dónde está el proyecto? ¿Qué piensa hacer realmente para evitar que el mismo gobierno documente su éxito o fracaso?

Ojalá que en los próximos meses lo veamos anunciando el fortalecimiento de las estructuras de fiscalización, que tengamos ahora sí mecanismos de control en las instancias de repartición de justicia y un programa que en serio combata la corrupción en las instituciones.

Perdón, pero no comparto la euforia.

Claro que me alegra mucho que el país se disponga a emprender un nuevo rumbo. Después de años en que el Presidente dejara de gobernar y que pareciera que el Estado renunciaba a cumplir sus tareas, es una buena noticia saber que ahora sí habrá gobierno. Pero, ¿euforia?

La primera razón para no compartir la euforia es mi natural escepticismo ante figuras públicas que apenas conozco. Sé bien, que el altar de las multitudes con frecuencia cambia de santo. Hace seis años, la todavía primera dama tenía un nivel de popularidad mayor que el de su esposo, el candidato presidencial. A donde quiera que asistía, la gente hablaba de “la gaviota”. Su belleza y elegancia eran objeto de elogio. Hoy circula en las redes sociales una documentación que la describe como insensible, incapaz de abrazar alguna causa social y de comprarse vestidos caros.

En la vida política el que ahora está arriba mañana puede estar abajo. Ahí está el caso de Marcelo Ebrard, acusado de corrupción en el caso de la línea 12 del metro de la Ciudad de México (las líneas y los vagones no coincidían, y no es chiste), y que ahora será Secretario de Relaciones Exteriores.

La segunda razón para no compartir el éxtasis en que se encuentran algunos es una buena lista de nombres y organizaciones que fortalecieron su posición política después de esta elección de mano de López Obrador, con un pasado más que cuestionable y que ahí estarán: Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez Urrutia, René Bejarano, Manuel Bartlett, Francisco Chiguil, vinculado a la tragedia del News Divine, Cuauhtémoc Blanco, Leonel Cota, la CNTE, y un largo etcétera.

Y la tercera razón para no compartir la euforia es que espero seguir ejerciendo un periodismo crítico e independiente.

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