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Lunes , 10.12.2018 / 18:24 Hoy

Columna de Laura Ibarra

El creyente y el escéptico

Laura Ibarra

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En las discusiones familiares la línea que divide los partidos no es exactamente la que separa fifis y chairos, sino esa que atraviesa al grupo de creyentes y escépticos. La base que nutre a ambos equipos es de naturaleza muy diferente, por lo que aquellos que hablan de unidad y conciliación deberían saber que pregonan en el desierto. De menos así ocurre en mi marco familiar, o sea las comidas domingueras con la familia ampliada. De ahí, y sólo de ahí se derivan estos perfiles.

El creyente necesita darle a su idea de que le espera un mundo mejor un cimiento que la vuelva posible. Que mejor entonces que un mesías con un extraordinario poder que dibuja un maravilloso cielito verde, blanco y rojo (claro, en el orden correcto). El mesías al que me refiero ha asegurado que vamos a tener un sistema de bienestar como el de los países nórdicos (¿sabrá de qué está hablando?), a tener una tasa de crecimiento de 6 puntos (¡uff!) y que ahora sí el pueblo va a gobernar a través de la consulta. El creyente no cuestiona, no pregunta, no argumenta. Se enoja cuando alguien pretende introducir en su pensamiento la sombra de una duda. Su santo debe permanecer intocado, inmaculado y sobre todo venerado.

Los creyentes (de mi familia) no entienden de datos, ni de tasas de crecimiento a la baja, mucho menos saben qué significa que Banxico aumente las tasas de interés. Para el creyente, “los mercados”, el aumento del dólar y la expectativa de crecimiento no representan nada, todo esto está más allá de su horizonte de comprensión.

Firme en sus convicciones, el creyente ignora cualquier nubarrón que aparezca en su utopía. Si la reforma educativa se derrumba o los corruptos reciben el perdón son temas que merecen ser banalizados, al fin y al cabo “los otros hicieron cosas peores”. Al creyente, conceptos como populismo, ciudadanía o sociedad civil le son completamente desconocidos. No percibe contradicciones, ocurrencias o insensateces, pues la esperanza, y sólo eso, determina su sentir político.

El creyente no está dispuesto a negociar su creencia, para qué, si es todo lo que tiene. En su horizonte sólo se encuentra la luz (como en el éxtasis de Santa Teresa) y quien pretenda retirarlo de su posición, le parece, le hace el mayor de los daños.

El creyente no mira el piso en el que está parado y sólo la caída estrepitosa lo podrá hacer cambiar. Mientras eso no suceda, el creyente filtra la realidad dándole color a lo que aumenta su esperanza y colocando en la oscuridad cualquier señal que atente contra sus convicciones.

Por otro lado, el escéptico no alimenta esperanzas vanas, sino que se sorprende ante tanta promesa y ante tanta credulidad. Se arma de datos, de observaciones, de reflexiones, ignorando que esto ante el fervoroso creyente no sirve de nada. Seguramente le esperan años difíciles, pues es más fácil creer que pensar. Y pensar es un proceso que no cualquiera está dispuesto a emprender.

Jalisco al rescate de la razón



Esta semana el gobernador electo de Jalisco apareció en diversos medios, explicando la posición de su gobierno ante las medidas anunciadas por el nuevo gobierno. No fue poca cosa, Adela Micha de El Financiero y Carlos Puig de Milenio Televisión lo invitaron a sus respectivos programas.



Enrique Alfaro defiende en primer lugar el pacto federal y la obligación constitucional que tiene de responsabilizarse de la seguridad de los jaliscienses ante las funciones que ahora por ley asumirá “el superdelegado”, que nadie eligió. Pero, la posición de Alfaro encuentra atención nacional no sólo porque está defendiendo el interés de los jaliscienses. Su discurso claro y firme lo coloca en la posición de líder de la oposición, ante un gobierno que parecía haber ganado “de todas, todas”.



Alfaro es algo más que uno entre los 31 gobernadores de los estados. En los meses de transición, el equipo que ahora gobierna nacionalmente se hundió en un mar de insensateces, contradicciones, ocurrencias, consultas patito, etc. La isla de la razón quedó desierta. Una mayor militarización de la seguridad pública, un nuevo fiscal carnal, un proyecto de descentralización sin pies ni cabeza, para no hablar de la cancelación del NAIM, hacen que el nuevo gobierno parezca el semillero de la sinrazón.



A ello súmele el llamado “punto final”, un tren que causará severos daños al medio ambiente, la suspensión de la reforma educativa sin que nada la sustituya. Y, por si esto fuera poco hay que agregar el lenguaje de Taibo, las amenazas de Salgado y la pobreza intelectual de Jiménez Espriú.



Fue “más de lo demasiado”. El centro se convirtió a los ojos de la provincia en un escenario de caos, de autoritarismo, de inconstitucionalidad, incluso de berrinches y promesas vanas.



Como alguna vez en el pasado, el panorama político redefine la provincia como el lugar de inicio del rescate, el terreno en que debe fincarse la oposición o de menos la vuelta a la cordura.



En política, dicen los que saben, no existen vacíos. Por ello, Alfaro ocupa, lo quiera o no, una posición única y novedosa, aquella reservada a quien sostiene argumentos lógicos y demandas racionales ante un centro que no encuentra la brújula del raciocinio.



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