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Lunes , 15.10.2018 / 08:22 Hoy

Columna de Laura Ibarra

¿Cuál es el uso sano del teléfono móvil?

Laura Ibarra

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Llego a la Universidad y ante la puerta del salón de clases, los estudiantes se encuentran concentrados en su teléfono móvil. Llego al gimnasio y antes de que inicie la clase de aerobics, mis compañeras se dedican, igualmente, a atender sus mensajes. En ambos grupos, nadie habla con las personas que se encuentran en el entorno, la comunicación es con personas del exterior, por medio de textos.

En nuestro país, el 70 por ciento de la población tiene dispositivos móviles. En Alemania, el 95 por ciento de los jóvenes entre 18 y 19 años tiene uno. Hace cinco años era solamente 35 por ciento. La tendencia se puede observar: en los próximos años casi todos los jóvenes mexicanos de las áreas urbanas tendrán un dispositivo móvil.

No pertenezco al género de los “intelectuales catastrofistas”, pero hay que admitir que indudablemente se está gestando un profundo cambio en las formas de comunicación en México. Los padres de familia de niños y jóvenes me platican de su lucha cotidiana por conservar un espacio de comunicación directa con sus hijos, lejos del teléfono “inteligente”. Algunos han impuesto la regla de que el uso de estos aparatos está prohibido durante la comida. Pero no siempre funciona.

Según los científicos cada 10 minutos en promedio los jóvenes y los niños revisan sus aparatos. Los psicólogos advierten ya de una verdadera dependencia. La revisión de los mensajes recibidos conduce a la liberalización de dopamina, la hormona de la felicidad, lo que puede provocar una peligrosa adicción, que aunada a otros factores, genera serios problemas de conducta.

Según Sherry Turkle, una socióloga y psicóloga del Massachusetts Institute of Technology, la influencia que la computadora y el teléfono móvil están teniendo en nuestras vidas es mucho más profunda de lo que se aprecia a simple vista.

Si la intención original de esta revolución tecnológica era acercar a las personas, su uso desmesurado conduce a la situación contraria, es decir, a distanciarlas. En la nueva generación se observa que los niños y los jóvenes mientras más se comunican por medio de mensajes, más solos se encuentran.

El principal efecto de esta forma de comunicación es la pérdida de la empatía. Cuando el vínculo con los demás ocurre preponderantemente a través de mensajes digitales, se pierde la capacidad de entender al otro, de interpretar sus reacciones y sus gestos, y también de responder de manera adecuada.

Entre las características humanas sobresale nuestra capacidad para conversar cara a cara. En la conversación oral mostramos quiénes somos y conocemos a los demás. A través del diálogo, sabemos lo que es que nos entiendan, y aprendemos a reaccionar en caso de que a nuestro interlocutor no le agrade lo que decimos o hacemos.

Cuando alguien se comunica solamente a través de pantallas, sean grandes o pequeñas, no puede realizar este aprendizaje. Carece de ese “corrector” que ofrecen las miradas, los gestos y el lenguaje de las personas con las que hablamos y que nos hacen ver, si lo que decimos y hacemos está bien o no. En pocas palabras, el niño o el joven es incapaz de aprender la respuesta adecuada.

Otro problema que se presenta con el uso de los dispositivos móviles, es que estos ofrecen solo una forma rudimentaria y unidimensional de relación o vinculación. La computadora o el internet brindan la ilusión de amistad, sin el riesgo a rechazos, problemas o incomodidades que siempre trae consigo una relación íntima y profunda.

Los mensajes se han vuelto tan populares porque hacen posible una comunicación que no exige la cercanía real, la cercanía geográfica, la emocional. Los servicios de estos mensajes ofrecen la distancia ideal para que el usuario no experimente daños en su esfera emocional, pero al mismo tiempo sienta que es parte de una relación, que pertenece a una comunidad.

Este tipo de comunicación es tan atractiva que ha conducido a un grave problema. Muchos conductores -empujados por su adicción- no pueden sustraerse al uso del aparato frente al volante. El resultado son los innumerables accidentes que ello ha ocasionado. En los Estados Unidos el número de muertes causadas por el teléfono móvil supera ya al originado por el alcohol al volante.

Para mí, lo más más molesto de los dispositivos móviles es la imposibilidad de mantener una conversación sin que estos horribles aparatos la interrumpan. No sé qué pensar cuando el interlocutor se disculpa cada cinco o diez minutos para atender su teléfono. Cuando se trata de mi hija, lo que más me molesta es esa sensación que me invade en el momento en que timbra el “dispositivo móvil” y consigue que todo lo demás del entorno (incluida yo), pierda importancia.

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