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Lunes , 16.07.2018 / 18:13 Hoy

Columna de Laura Ibarra

Casada con un monstruo. El lado obscuro de Helmut Kohl

Laura Ibarra

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El pasado 16 de junio, a la edad de 87 años, falleció el ex canciller alemán Helmut Kohl. Durante 16 años, al frente del gobierno, Kohl tuvo la suerte a su lado, con excepción de los meses finales. No fue un estadista con grandes visiones, simplemente tuvo la fortuna de conducir a la nación germana en momentos claves de su historia. Ahí estuvo cuando cayó el muro de Berlín y llegó la posibilidad de la reunificación de las dos Alemanias. Ahí estuvo cuando Europa experimentaba un proceso inaudito de integración y los principales países impulsaban la Unión Europea. Kohl tuvo también la suerte de dirigir al país en momentos de gran bonanza económica y estabilidad política.


Gracias a su apoyo al desarrollo de la Unión Europea, sus principales instituciones planean realizar un funeral de Estado para despedirlo, el primero en su tipo. La celebración está prevista para el primero de julio, en Estrasburgo, en la sede del Parlamento Europeo. Tomarán la palabra Bill Clinton y Emmanuel Macron, el recién elegido presidente francés.


A petición de su viuda, Maike Richter Kohl, no habrá un acto de Estado adicional en Alemania. Pero, la historia que le quiero contar no es la de un político exitoso, sino una de esas tragedias familiares que se gestan detrás del telón, mientras el poder ocupa toda la escena. Permítame contarle.


Cuando llegué a estudiar a Alemania, en 1983, el canciller alemán era Helmut Kohl, quince años después, el canciller alemán seguía siendo Helmut Kohl. Durante todo este tiempo, las imágenes del hombre católico, felizmente casado con su novia de juventud y sus pequeños hijos eran parte del idilio conservador que marcaba el espíritu de la época. Hannelore Kohl conoció a quien sería su marido a los 15 años, Helmut Kohl tenía entonces 18 años. Se casaron doce años después, el 27 de junio de 1960 y tuvieron dos hijos.


Con disciplina prusiana, durante 41 años Hannelore asumió el papel de esposa ideal y subordinó completamente sus propias necesidades a las ambiciones de su marido. La familia Kohl representaba el modelo de felicidad que cualquier conservador podría desear.


Años después, las biografías sobre Hannelore, los libros de los dos hijos y las investigaciones de los periodistas dejaron en claro que todo era una simulación. Las imágenes de la familia, gozando sus vacaciones en el Wolfgangsee, un idílico pueblo para vacacionistas en Austria, eran, en buena parte, un espectáculo para la prensa.


En los tiempos en que Kohl era jefe de gobierno de la Alemania Occidental, se rumoraba que mantenía una relación amorosa con su secretaria, Juliane Weber, con quien compartía un apartamento en Bonn. Cuando ocurrió la reunificación alemana y Berlín se convirtió en la capital del país, Kohl se mudó a Berlín. Ahí inició un romance, totalmente en secreto, con la hija de un empresario inmobiliario. Pero, ante la opinión pública, el matrimonio Kohl actuaba el papel de la pareja perfecta.


En octubre de 1998, después de que Kohl perdió la elección ante el candidato socialdemócrata Gerhard Schröder, Hannelore albergó la esperanza de que su marido finalmente regresaría a casa, en Ludwigshafen, y de que ambos disfrutarían de la alegría otoñal.


Pero, nada más lejos de eso. Kohl se quedó en Berlín. Como consecuencia de un tratamiento a base de penicilina, Hannelore desarrolló una alergia a la luz. Sólo podía abandonar la casa después de la caída del sol. Hubo muchas especulaciones sobre su enfermedad, pues varios médicos afirmaban que tal enfermedad no existe o, en todo caso, es influida por razones psicológicas.


El 5 de julio de 2001, Hannelore Kohl se suicidó con una sobredosis de píldoras para dormir en la casa de Ludwigshafen. Dejó varias cartas de despedida, entre ellas, una a su marido y otras a sus hijos.


En esos años, Helmut Kohl había iniciado una relación con Maike Richter. Tres años después ambos contrajeron matrimonio. Desde un inicio, la segunda esposa se propuso construir un muro alrededor de su marido. Se negó a abrirles la puerta a los dos hijos del ex canciller así como a sus viejos amigos, que lo habían acompañado en su vida política.


La situación se agudizó cuando Helmut Kohl sufrió un traumatismo cerebral que lo dejó en silla de rueda y con serias dificultades para expresarse. El hombre, cuyas dimensiones semejaban a las de un armario, el más poderoso de Europa, “padre” de la unión alemana y uno de los pilares de la construcción europea, quedó a merced de los caprichos de una mujer que lo consideraba de su absoluta propiedad.


La viuda ahora ha decidido que Helmut Kohl no será enterrado en la cripta familiar en Ludwigshafen, sino en una tumba en el panteón de la ciudad de Espira. Ante esta decisión, Walter Kohl, el hijo de Helmut Kohl, afirma que no participará en el funeral de su padre. El intento de enterrarlo en Espira, afirma, es con el fin de separar su obra de la de su primera esposa, aunque todos saben que la vida política de Helmut no hubiera sido posible sin el apoyo de ella.


El poder puede tener una cara terrible, que provoca cierto malestar estomacal.

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