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Apuntes financieros

Salario mínimo: entre populistas e incondicionales del mercado

Julio Serrano Espinosa

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Por un lado están los populistas, por otro los incondicionales del mercado. Perdido en medio, un debate serio sobre la conveniencia de aumentar el sueldo mínimo.

Quien subió a la agenda política el tema del salario mínimo fue el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Mancera. No dudo que sus intenciones sean legítimas, pero hay quienes han cuestionado su motivación, lo que le ha quitado credibilidad a su propuesta. El argumento es que sus sonados problemas (la Línea 12 del Metro) y su consecuente caída de popularidad son su verdadera razón de actuar: una forma de distraer la atención.

No pasó mucho tiempo para que el PAN, quizá también en respuesta de su escasa popularidad, tomara el tema como bandera y propusiera una consulta popular para determinar su conveniencia. Esta medida es, por supuesto, una maniobra política, sacada del libro de estrategias populistas de López Obrador, para ganar votos.

Del otro extremo están quienes descalifican cualquier propuesta de aumentar el sueldo mínimo como un atentado al dogma del mercado. Para este grupo, que incluye economistas del Banco de México, columnistas de derecha y grupos empresariales, la única forma de determinar el nivel de sueldo es mediante las fuerzas de la oferta y la demanda del mercado, no por imposición del gobierno.

La realidad es que la decisión de qué hacer con el salario mínimo no es tan clara como la pintan los dos extremos. Pero vamos a los hechos. En los últimos 23 años, el salario mínimo se ha contraído más de 40 por ciento en términos reales. Obviamente, los que salen más afectados de esta situación son los pobres. De acuerdo con la Cepal, de sus miembros, “México es el único país al final de la década (2002-2011) donde el valor del salario mínimo es inferior al umbral de pobreza per cápita”. Por su parte, la OCDE publicó que, de sus miembros, solo en México y Turquía se registró una caída en el salario mínimo en términos de dólares entre 2000 y 2012.

Soy consciente de que hay inquietudes válidas contra aumentar el salario mínimo: subir el costo de la mano de obra puede bajar la demanda laboral y aumentar la inflación. La productividad es clave. Está el riesgo de que otros trabajadores demanden aumentos similares.

Sin embargo, para mí la pregunta no es si se debe subir o no el salario mínimo, sino hacerlo a un nivel que permita recuperar poder adquisitivo a los que ganan menos y al mismo tiempo que no genere una fuerte presión inflacionaria o distorsione demasiado el mercado laboral. Se oye difícil, pero estoy convencido de que hay campo de maniobra.

juliose28@hotmail.com

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