A menudo los gobernantes tienen que tomar decisiones complicadas ante grupos que ejercen presión política. Pueden aguantar la presión con miras a obtener beneficios de largo plazo —sabiendo que hay un costo en el corto— o ceder para apaciguar la situación del momento, sin importar la factura que llegará en el futuro.
Alejandro Murat, el nuevo gobernador de Oaxaca, parece haber optado por la segunda opción, la de patear el bote. Hace un par de semanas, para calmar las aguas con la CNTE, Murat acordó regularizar 3 mil 699 plazas de trabajadores de la educación del estado que no aceptaron la evaluación docente. Para tal efecto solicitó mil millones de pesos al gobierno federal.
Me queda claro que la situación en el estado es delicada. Murat tuvo que rendir protesta como gobernador en la madrugada del 1 de diciembre, en un evento privado y en una sede alterna, para evitar un conflicto con la sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Entiendo su deseo de llevar una buena relación con los maestros para así poder gobernar. Pero es justo en estos casos en los que hay que balancear los beneficios de corto y largo plazos.
Hay quienes sostienen que la decisión de Murat muestra su capacidad para evitar una confrontación con la sección más conflictiva del sindicato de maestros. El problema es que no sabemos bien qué se negoció. Igual nos sorprende y el arreglo resulta un éxito. En ese caso con gusto le externaré mi reconocimiento al gobernador. Pero de lo que conocemos no pinta bien. Si algo nos muestra la historia de la CNTE es que no cumple los acuerdos. Cualquier incentivo financiero es interpretado como una señal de debilidad del gobierno y una motivación para exigir más.
El único criterio para juzgar el éxito de la negociación debe ser una mejora en la calidad educativa de Oaxaca. En ese sentido el pasado es poco alentador. La CNTE lleva décadas controlando la educación en Oaxaca y los niños oaxaqueños son de los peores evaluados del país. La CNTE ha afirmado en numerosas ocasiones que no piensa cumplir con la evaluación magisterial que representa la piedra angular de la reforma educativa.
En vísperas de la última prueba PISA, cuyos resultados vuelven a ubicar a los jóvenes mexicanos de 15 años como los peores preparados en matemáticas, lectura y ciencia dentro de los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, las concesiones hacia la CNTE representan un motivo de preocupación. La actitud del nuevo gobernador de Oaxaca recuerda la del viejo PRI en el estado, la cual ha generado pésimos resultados. Los niños oaxaqueños merecen más.
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