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Domingo , 16.12.2018 / 22:11 Hoy

Malos modos

Tarantino y el exceso del exceso

Julio Patán

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Soy un gran aficionado a Tarantino. No creo que el cine deba aspirar por necesidad a lo sublime, a lo artístico o a lo intelectual, no digamos ya a lo biempensante. Y sobra decir que Tarantino tiene virtudes notables: sostiene el ritmo no a pesar de sino, misteriosamente, gracias a una verborrea adictiva que nunca se detiene y que además osa interrumpir continuamente las secuencias de acción, siempre filmadas con virtuosismo; combina con maestría una violencia estetizada, tipo Hong Kong, con ráfagas de un violencia hiperrealista casi inaguantable (ese batazo al cráneo en Inglourious Basterds), con un humor negrísimo; y, claro, de Travolta a la Thurman a Christoph Waltz, descubre-redescubre-reinventa-homenajea a actores con una facilidad incomparable. Sin mencionar sus permanentes guiños cinéfilos, siempre un placer.

Tampoco creo que todos los directores estén obligados a renovar sin pausa su lenguaje, a explorar nuevos territorios. Las narrativas cerradas son legítimas —más en un cineasta que ya anunció los límites de su obra, diez películas— siempre que se cumpla un requisito: sino elevar al menos mantener el nivel de tus estrategias narrativas o temáticas. Llegué pues con ilusión a The Hateful Eight, su última película, que parecía ideal para atascados como yo. Tiene todos los ingredientes: varios de los actores fetiche de Tarantino (Samuel L. Jackson, Michael Madsen, Tim Roth), la música de Morricone, la novedad de Demián Bichir y su segunda irrupción en el western, un género al que se le aguantan calidades muy bajas. Resultó frustrante. Hay secuencias memorables, hay momentos divertidos en los diálogos y el clima de asfixia en esa cabaña en medio de la nieve está bien logrado. No es un desastre. Pero amenaza con serlo demasiadas veces. El maratón de tres horas hace sentir que Tarantino perdió su virtud principal: el control pleno, al segundo, de la historia, o sea la capacidad de mantenernos al filo con sus retruécanos, sus saltos atrás voluntariamente artificiales: esa complicidad contigo, que eres un espectador inteligente. No ahora. Hay demasiadas parrafadas que fastidian, demasiadas reincidencias en las bromas sangrientas, demasiados tics actorales. Tarantino es el cineasta de los excesos, pero, para echar mano de una paradoja simplona, hasta en el exceso hay medidas.

Leonardo García Tsao, nuestro mejor crítico, resume la película con un encabezado perfecto: "Balas y blablablá". Enseguida, recomienda la jubilación anticipada. No llegaré tan lejos, y es que uno también es de excesos. Pero no le discuto una línea.

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