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Jueves , 21.06.2018 / 18:34 Hoy

Malos modos

Svetlana Alexiévich o la crónica de un final

Julio Patán

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Con el Nobel me gana la incorrección política. Soy de los que sufre un disgusto cada vez que no ganan Roth por el pecado de ser gringo u Oz por el de ser israelí. También, correspondientemente, soy de los que no han logrado engancharse con Elfriede Jelinek o Gao Xingjian. Dicho esto, qué buena sorpresa lo de Svetlana Alexiévich.

De sus tres libros en español, al menos dos son magistrales: Voces de Chernóbil y La guerra no tiene rostro de mujer (Debate). Voces... es una reconstrucción de la tragedia sin parangón que ocurrió en el 86, cuando quedó destripada la planta nuclear. Igual que tantas cosas en la URSS, el horror fue silenciado por el régimen. Faltaba más. La planta, que —ironías— se llamaba "Lenin", no colapsó por un accidente natural o un acto de sabotaje, sino por la mezcla de corrupción, ineficacia y burocratización que componen el utopismo leninista. Bielorrusa del 48, periodista pura sangre, exiliada, la Alexiévich sabe lo que hace. Con Chernóbil estalló propiamente el régimen completo, que tardó pocos años en abandonar el poder. Darle voz a quienes vivieron aquel apocalipsis, que es como organiza su libro: un coro de voces entre las que la suya apenas alcanza unas pocas páginas, es en realidad un modo de retratar, entre todos, el final de aquel sueño, el del imperio soviético.

Entiendo que por esos caminos andan El fin del homo sovieticus (Acantilado), donde interroga a los ciudadanos sobre el destino de aquel muy marxista "hombre nuevo", o Los chicos de zinc, donde hablan los veteranos de Afganistán. Pero también La guerra... La idea de dar voz a las mujeres que combatieron en la Segunda Guerra es transgresora. El triunfo soviético frente al nazismo fue celebrado por el establishment como lo que sin duda fue, una muestra de heroísmopopular. Pero la historia oficial consigna la épica y nada más. La estalinista obvió las componendas con Hitler, la incompetencia militar de Stalin, la brutalidad de los oficiales, el espionaje a cada "héroe de la patria". Sobre todo, obvió que esa guerra la pelearon cientos de miles de mujeres. La historia de esa guerra se volvió la de una victoria, dice Alexiévich, y de una victoria masculina.

El libro debe ser leído como una pieza inmejorable de narrativa de guerra y convertirseen libro de texto para los estudios de género. Pero también debe leerse como la puntilla que le puso esa reportera, esa mujer humilde, a todo un imperio, que por no tener —un saludo al camarada Putin— no tiene ya ni historia oficial.

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