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Domingo , 23.09.2018 / 15:48 Hoy

Malos modos

Por una campaña de deshumanización

Julio Patán

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Bebo café en la Roma. Llegan un joven, su novia y un perrito mestizo. La novia entra a la cafetería y el can, a la puerta, empieza a ladrar con muy sonoros y muy agudos, molestísimos, ladridos. El tipo que lo pasea no se inmuta. El perro, tembloroso, sigue ladrando por largo rato, angustiado porque la novia está a unos insoportables tres metros. El de la correa todavía no se inmuta, salvo cuando le dice al perro entre sonrisas, lo juro: "Eres un loquillo", como quien celebra la gracia de un niño. Me hierve la sangre. Ya he dicho que vivo en la Escandón, donde el abandono de los miles de perros ha vuelto la vida una pesadilla, por los ladridos permanentes y por el sembradío de excrementos que son las calles. Pero callo: no quiero ser otra vez el cascarrabias sin sensibilidad frente a los animales; me niego a darles armas para la burla a mis amigos. Como la chica no sale, el perro no calla y el idiota no parece consciente de que lo rodean otros "animales humanos", uno de mis contertulios, ya hasta la madre, le dice cortante: "Perdón: nos están molestando". ¿Qué hace el de la correa? Toma al perro de las mejillas, le planta un beso y le dice: "Date cuenta de que a alguna gente (las cursivas son mías) no le gustan los ladridos. Explícame qué te pasa..." El perrito, claro, contesta. Con más ladridos...

Lo que hacía ese sujeto era humanizar al perro, una extendida costumbre que alcanza manifestaciones tan patéticas como las de los labradores con botitas, una prueba irrefutable de que la humanidad merece extinguirse. Juro que me repugna la crueldad contra los animales no humanos, y que me parece imperativo penalizarla, y que lo de sus "derechos", aunque me parece discutible (¿se puede tener derechos sin deberes, sin carta de ciudadanía?), también me parece un asunto filosófico y legislativo de importancia, y que lo de Bantú y los zoos es una tristeza (de eso va la Tribuna semanal). Pero lo contrario, humanizar a las demás especies, es otra aberración. Primero porque, evidentemente, tratar a un perro como lo que no es resulta en una forma de crueldad: se vuelven sin excepción criaturas neuróticas, desconcertadas. Luego, porque esa expresión, dignidad animal, huye despavorida ante semejantes ñoñerías.

Pero, claro, lo de humanizar tiene sus ventajas: te da un aire de superioridad moral al tiempo que te libra de responsabilidades con tus semejantes. Es una forma de la fe, pues. Un cheque en blanco, igual que andar en bici y embestir peatones con cara de mamón. La fe contemporánea, la fe de los que creen que no tienen fe.

Urge una campaña de deshumanización.

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