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Viernes , 14.12.2018 / 00:58 Hoy

Malos modos

Nicaragua, Sergio Ramírez y el silencio

Julio Patán

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Se supo hace unos días que Trump especuló con invadir Venezuela y noquear a Maduro. No que uno aplauda el impulso, tremenda salvajada, pero caray: a botepronto, se coquetea con la posibilidad de que entren los marines y terminen con esa narco-dictadura y el hambre africana que ha llevado al país.

Lo que lleva a preguntarse: ¿y Nicaragua? El antecedente a la bancarrota integral que es Venezuela es la masacre de los jóvenes que protestaban porque la bancarrota parecía entonces no poder empeorar, como desde luego pasó. El populismo —noticia para los demócratas de la nueva era: el populismo existe y es terriblemente nocivo— empieza jugando con las reglas de la democracia para violentarlas una vez en el poder e instaurar una forma hipocritona del autoritarismo, hasta que, fuera máscaras, termina de fracasar en todos los frentes y desata la represión abierta para conservar el poder. Eso mismo pasa en Nicaragua, con una diferencia: el silencio. No hay una presión internacional fuerte contra el régimen de Daniel Ortega. Sí de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, sí del titular de la OEA. No de la administración Trump, que se limitó a evacuar a parte de su personal, ni del gobierno mexicano, que tan intensamente y con tanta razón la practica en el caso venezolano, ni de la Unión Europea, que se limita a calificar la matanza de “deplorable”, ni de la mayor parte de la intelectualidad en los países democráticos.

La voz que más suena viene de Nicaragua misma. Es la de siempre: la de Sergio Ramírez. Compañero de ruta de Ortega en el antisomocismo, vicepresidente en su primer gobierno, candidato a la presidencia, se retiró de la política en los 90 para dedicarse a escribir cuentos realmente buenos y novelas a veces testimoniales y muchas veces policiacas, con esa ironía tan delicada. Es el hombre que dedicó su Premio Cervantes a los manifestantes, el que escribe cuanto puede sobre la represión de la policía y los paramilitares.

Ojalá que lo lean Marcelo Ebrard, el inminente canciller, y nuestro próximo Presidente. Porque al amparo de la autodeterminación, de la no intervención, de lo de “la mejor política exterior es una buena política interior”, vamos a seguir volteando para otro lado, ajenos a esos chicos asesinados, como si la cosa no fuera con nosotros. Y caray, los muertos no tienen dueño. Es una cuestión de decencia. También, una buena oportunidad para demostrarnos que en la cuarta transformación no hay represiones admisibles. Nos tranquilizaría.

A veces, la mejor política interior es la buena política exterior.

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