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Martes , 18.09.2018 / 21:18 Hoy

Malos modos

"Millennium IV": no nos acompañan los muertos

Julio Patán

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Los maquiladores de best-sellers, esos que todavía llenan los anaqueles con tabicones eficaces y rentables, saben de fórmulas, y bien está. Pero si lo que quieres es dar un paso más y crear lo que algunos llaman gran literatura popular, esa que marca época, que se vuelve noticia, que transforma la industria, no basta con saber de fórmulas: hay que violentarlas. La crítica literaria lo calla, pero si se habla de subversión ética, originalidad en la trama o concepción de personajes complicados en términos estéticos, las diferencias de entre Danielle Steel o Corín Tellado y James Ellroy o el mejor Stephen King son más grandes que las que separan a estos dos energúmenos geniales de la mayor parte de nuestro establishment literario.

La de Ellroy es, por decirlo así, la liga en que juega Stieg Larsson, al que recordarán: aquel periodista sueco que murió nada más enviara a la imprenta tres tabicones no eficaces y rentables, sino lo que le sigue, notables por su tendencia a violentar fórmulas, antes que a aprovecharse de ellas. Porque las tramas se desbordan, por la crueldad sin paliativos que las permean, por lo retorcidos que resultan los antihéroes que las protagonizan —seres inexplicablemente sexis que tienen carne y alma, que palpitan: que son, pues, rigurosamente literarios, como ya hizo ver Vargas Llosa—, la trilogía Millennium no califica como best-seller al uso. Con sus varios defectos de concepción, Lisbeth Salander, la hacker que es un monstruo en tanto un monstruo es algo digno de ser visto, y Mikael Blomkvist, el periodista cuya integridad sólo palidece ante su mamonería, son diferentes, recordables, perturbadores.

O lo eran. Acabo de leer Lo que no te mata te hace más fuerte, la cuarta parte de la saga, escrita por David Lagercrantz, un solvente profesional que luego de años de esfuerzo convirtió la gran literatura popular de Larsson en... Un best-seller. Esto no la descalifica. La novela está bien armadita, el autor sortea las blandenguerías —los protagonistas son igual de rasposos, la violencia sexual es dura— y los adictos a Lisbeth encontramos en sus páginas una metadona de muy buena calidad. Pero algo quedó en el camino: la vida sin Larsson es llevadera y poco más.

Dijo Borges alguna vez que nunca escribió un best-seller porque nadie se lo propuso. A Lagercrantz, que no es Borges, sí se lo propusieron. Agradezcan que haya aceptado y lean la novela, pero recuerden que los muertos, a pesar de lo que dice el librazo de Rafael Pérez Gay, no siempre nos acompañan.

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