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Martes , 18.09.2018 / 15:34 Hoy

Malos modos

Me apunto al feminazismo

Julio Patán

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¿Tuvo gracia alguna vez el término "feminazi"? Supongo que sí, para quien simpatice con personajes como el que lo hizo popular, Rush Limbaugh, un exitoso conductor de radio gringo que califica como la esencia del troglodita republicano. Ya saben, uno de esos energúmenos convencidos de que hay una especie de conspiración femenina planetaria para convertir el aborto en una práctica tan frecuente como desayunar.

Digo "tuvo" porque hoy, de plano, celebrarlo es inadmisible hasta para esos estándares intelectuales. Vean las redes sociales. Si "feminazi" en el contexto norteamericano es una muestra de sarcasmo pueblerino, en México es ya una palabra masificada, hecha viral, que va pegada a amenazas de muerte, de violación, a insultos repugnantes. Un síntoma de que hay algo profundamente podrido en una importante proporción de los hombres en México, en mis congéneres. Dijo Carlos Puig en un artículo reciente publicado en Milenio que le da vergüenza vivir en una sociedad donde las mujeres tienen que viajar en vagones separados. Fue como un pitazo de salida. En las siguientes semanas, se vinieron en cascada la agresión contra Andrea Noel, la historia de los Porkys y los llamados de atención sobre el malísimo video de Gerardo Ortiz, al que dedicamos una Tribuna. Que, se ha repetido hasta el cansancio, son hechos terribles en sí mismos, pero que sobre todo son síntomas.

¿A qué le temen mis congéneres, como para reaccionar con esa violencia cobarde? Trato habitualmente con feministas y la verdad me parecen muy sensatas. Exigir que el Estado cumpla con su responsabilidad de proteger a las mujeres de la violencia masculina o que se les pague lo mismo que a los hombres por hacer el mismo trabajo, carajo, no parecen exigencias desproporcionadas. Dicho sea de paso, tampoco he oído a ninguna decir que todos los hombres son así, o cosa parecida.

Y es cierto, pero hay una responsabilidad que compartimos casi todos los que no lo somos, y es la de haber volteado la cara a esa patología masiva. La de haber hecho como si la cosa no fuera con nosotros.Como si fuera ya no digo decente, sino incluso sensato, en un contexto de violencia generalizada, negarle nuestra solidaridad a la otra mitad de la ciudadanía, esa que es víctima habitual de la brutalidad, el prejuicio y la falta de equidad. Como si —al margen de consideraciones éticas básicas, que deberían bastar— no hubiera relación entre esa forma de la violencia y todas las otras, las que nos afectan a hombres y mujeres.

Así pues, me apunto al feminazismo.

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