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Malos modos

Luis González de Alba

Julio Patán

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Da tristeza, en serio, la muerte de Luis González de Alba, a quien supongo que muchos compañeros de periódico le dedicarán hoy unas líneas, como lo hicieron ayer Héctor Aguilar Camín y Carlos Marín. Las merece, al margen de sus virtudes como amigo —me consta que era un tipo entrañable y divertido—, porque dejó una obra de mucho respeto a las espaldas.

Una obra hecha, primero, de libros con peso, con gravedad. Libros, para empezar, de divulgación de la ciencia, una de sus varias facetas. Como el divertido La ciencia, la calle y otras mentiras, impertinente, desacralizador, donde combina esa vocación con la que más lo distinguió, la del hombre que patea el avispero. O como esas novelas de un voltaje sexual verdaderamente elevado, descarnadas, gráficas, tipo Agapi Mu, que en los 90, antes de que nos volviéramos defensores de la diversidad y el matrimonio igualitario, provocó verdaderas convulsiones de pudibundez sexual alterada entre varios colegas de la progresía nacional. O, claro, como sus libros testimoniales, destacadamente Los días y los años, puerta de entrada del 68 a la literatura mexicana, novela escéptica, lúcida, dotada de un humor inquietante y primer aviso de que con Luis el tema del movimiento estudiantil, faltaba más, tampoco iba a resultar cómodo.

Y una obra, claro, hecha en el día a día, con esos artículos que eran misiles teledirigidos. No fue Luis el único articulista que se fue a la yugular de AMLO y de la utilización oportunista del horror de Ayotzinapa, como antes del movimiento del CEU o del EZLN, esa rara forma del milenarismo condescendiente. Pero pocos tenían la autoridad que le daba no sólo haber sido líder durante el 68, fundador de varios partidos de izquierda y un activista adelantado de la diversidad sexual, sino, sobre todo, la sensación clara y contundente que transmite cada uno de sus textos —una sensación infalsificable— de que escribía sin agendas ocultas, sin compromisos turbios y sin anteojeras ideológicas. Vaya pérdida. A ver quién nos recuerda ahora, semana a semana, que no es necesario santificar el guevarismo normalista para lamentar la muerte de esos 43 estudiantes. O que AMLO no sólo no es un rayito de esperanza, sino que ni siquiera es “el menos peor” (un buen homenaje de los votantes sería derrotarlo en 2018 y jubilarlo de una vez: les dejo la idea). O a poner en solfa a Monsiváis y discutir con mordacidad a Elena Poniatowska.

A ver quién se atreve, pues, a escribir con esa “salvaje libertad” que, dice bien Aguilar Camín, distinguió su vida entera.

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