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Lunes , 15.10.2018 / 16:49 Hoy

Malos modos

Larga vida al capitán Keith Richards

Julio Patán

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Keith Richards no puede caer mal. Cómo podría, si el rugoso caballero lleva cinco décadas en el papel de contrapeso tanto a la bomba sexual como al rock star iluminado, esas figuras insoportables que, dice el periodista Lester Bangs de la Rolling Stone (Phillip Seymour Hoffman) en Almost Famous, siempre ganan y mejor acostumbrarse, porque "tienen el fuego". Desde los 60, o sea desde siempre, los escenarios han sido propiedad bien de los Morrison-Plant-Tyler, esos tipos contoneantes que con cada quiebre de cadera dicen un eficaz lugar común tipo "Te voy a llevar de paseo al infierno y te va a gustar, nena"; bien de los Lennon-Bono, los de "Trascendí la fama y encontré la verdad. Escúchame, pinche frívolo". Richards ha sido una de las pocas alternativas a ese duopolio narcisista.

Si quieren entender cómo lo ha conseguido, pueden empezar por leer Vida, sus cáusticas, desparpajadas, carcajeantes memorias. Richards se confirma en este libro como un gran aforista, como el atascadazo que todos sabemos que siempre fue y, sobre todo, como un hombre en verdad agudo que ha sabido encontrar lo divertido ahí donde otros encuentran lo teóricamente sublime y se fustiga con una autoironía alegre. Le debemos, vaya que sí, grandes momentos. Como ese en el que cuenta que durante su infancia, en el racionamiento de posguerra, se las arreglaba para negociar con un sujeto que siempre tenía dulces: "mi primer contacto con un dealer", remata; o como aquel de "Nunca tuve problemas con las drogas. Los problemas eran con la policía". Aunque si de momentos se trata, probablemente ninguno mejor que el de su aparición en Los piratas del Caribe como el padre de Jack Sparrow, un guiño a Johny Depp luego de que éste le rindiera tributo al decir que se había inspirado en él para trazar al único personaje en el que —esto lo digo yo— su sobreactuación resulta simpática.

Pero tal vez en mayor medida que en sus memorias es dado conocerlo en el documental de Netflix Under the Influence. El Richards entrañable se hace ver en cada una de esas carcajadas sonoras, gozadas, que deja ir mil veces durante la película. Pero se hace ver, sobre todo, el Richards que luego olvidamos: el músico disciplinadísimo, honesto, apasionado, que a su vez rinde tributo a Howlin Wolf, a Muddy Waters, a Billie Holiday; el que soporta a Chuck Berry y juega billar con Buddy Guy porque a los maestros hay que honrarlos. El tipo generoso y consistente. El músico de raza.

El buen pirata.

Larga vida al capitán Keith Richards.

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