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Martes , 20.11.2018 / 10:25 Hoy

Malos modos

La UNAM y la impunidad

Julio Patán

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La historia se repite, una y otra vez, con protagonistas cambiantes. Pueden ser grupos radicales como los que terminaron por adueñarse de la huelga estudiantil del 99, probables grupos radicales sospechosos de ser en realidad o a la vez grupos criminales vinculados con la venta de drogas o grupos criminales vinculados sin más con la venta de drogas, como los que han protagonizado recientemente alguna detención afuera de CU, primero, y por fin un tiroteo con dos muertos, hace días. El hecho es que esos grupos se adueñan de espacios de la Universidad con absoluta tranquilidad, caso de los “activistas” instalados desde aquella huelga en el Auditorio Justo Sierra, o de los narcomenudistas que han hecho de la zona de los frontones su peligroso tianguis psicotrópico. ¿Qué sigue en la historia? Que, impotente, la Rectoría anuncia nuevas medidas para combatir la criminalidad, y que esas medidas sirven para dos cosas.

Se entiende por qué: por la Autonomía, una palabra que exige muchas puntualizaciones. La autonomía significa entre otras cosas, es sabido, que ninguna corporación policiaca o militar puede entrar a territorio universitario, salvo petición del rector. En consecuencia, la UNAM tiene su propio órgano de vigilancia, el que en teoría debe contrarrestar las amenazas criminales. Pero en realidad ese órgano, desarmado, sin preparación, es incapaz de enfrentar a los grupos de choque de los radicales, no digamos a delincuentes con armas de fuego. Hace unos días suspendieron a unos vigilantes balconeados por un video: no intervinieron en defensa de un estudiante de Derecho que levantó la voz contra la proliferación de drogas ahí, en plena CU. Pues sí: fue lamentable el modo en que se borraron. Pero también es cierto que se les pide algo que a nadie se le debe pedir: que trabajen de kamikazes.

Cuenta Miguel León Portilla que cuando se debatía, a fines de los 20, si darle autonomía a la UNAM, el argumento en contra era que al dárselo se le daría de hecho un estatus de excepcionalidad. Sí y no. A la UNAM la invadió la realidad del país, la del narco pequeño o no tan pequeño. La de la sangre y el crimen sin consecuencias. En un país con cifras récord de muertes y gobernadores o secretario(a)s de Estado corruptos hasta lo bananero, espacios como la Universidad deben ser, más que nunca, justamente excepcionales: pacíficos, decentes; ejemplos de que las cosas pueden ser de otro modo. La autonomía, tan necesaria por otras razones, amenaza con hacer de la UNAM algo absolutamente normal. El riesgo era la impunidad.

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